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Diariamente, los uruguayos nos
encontramos con amigos, vecinos, familiares
que sufren las consecuencias
de matrimonios que conviven bajo un
mismo techo pero que estructural y
funcionalmente no parecen ser tales.
La frecuencia con que esta realidad
nos golpea, es suficiente para llamar
nuestra atención e invitarnos a la
reflexión, no sólo en tiempos electorales
-como los que transcurren- sino
como un aprendizaje permanente.
En Uruguay, según la Dirección Nacional
del Registro Civil, en el año
2008 se casaron aproximadamente
la mitad de parejas que en el año
1970, en el que se habían celebrado
en todo el país 23.046 matrimonios,
mientras que en el 2008, hubo sólo
12.135 matrimonios. Exactamente,
los enlaces cayeron un 47,4% y se
sabe también, según datos de ese
organismo público, que son “muchas
las parejas que conviven varios años
antes de casarse o nunca se casan”.
Indudablemente que existen diversas
formas de ver a los matrimonios
de la sociedad en la que vivimos
pero, en esta ocasión, optaremos
por observar y aventurarnos a sacar
algunas conclusiones, a partir de
la influencia que el buen o el mal
uso de las nuevas tecnologías de la
comunicación pueden tener en la
convivencia matrimonial, facilitando
la comunicación o la incomunicación
entre los cónyuges.
¿Puede ser que la comunicación de
Juan y Juana que parecen “tan conectados”,
un tiempo después de la
boda, sea nula? ¿Puede confundirse
la comunicación con la incomunicación
en un matrimonio? A lo mejor,
podemos alegar, que en este caso de
Juan y Juana, se trata de caricaturas
exagerando la realidad o que sólo
es un momento, de las 24 horas
diarias… y te diría que sí, que puede
ser, pero que las preguntas de Juan
y de Juana, son generalmente, en la
mayoría de los matrimonios, importantes
y cotidianas, que no se trata de
un instante sino de “cómo te fue en el
día”, en la vida y la respuesta, no te la
da el “googlear” por más, de que ahí
tengas miles de respuestas.
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Las tendencias actuales, el conjunto
de ideas que nos rigen, orientan
nuestras preocupaciones cotidianas
hacia los aspectos y la búsqueda de
soluciones básicamente individuales
que poco tienen que ver con un
proyecto de vida matrimonial en
el que dos personas, conservando
su autonomía, se comprometen a
amarse tanto, como si fuesen una
sola persona. Pero, ¿qué implica amar
en la vida concreta del matrimonio?
Implica renunciar a la incomunicación
que se da cuando no sabemos poner
límites a asuntos de poca importancia
o no ponemos los medios necesarios
para llegar a acuerdos en objetivos
básicos del matrimonio. Implica,
también comunicarse comprometidamente
y desarrollar esa potencia
y capacidad de amar que todos tenemos
dentro, buscando hacer feliz
al otro y serlo junto a los hijos, fruto
fecundo de ese amor.
Hoy puede parecer que el casamiento
pasó de moda y que cada vez son
menos las personas que deciden
casarse. Pero el crecimiento personal
y esponsal pasa por , como bien
lo dice el consejero matrimonial, P.
Gustavo Ferraris, “que el matrimonio
es un aprendizaje, es una escuela de
amor; las parejas se casan para aprender
a amar, no porque sepan amarse.
Y el gran pecado de hoy es que nadie
quiere aprender a amar”.
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Mag. Laura Morando
Programa Familia / Kolping
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