1. Acerca de la definición del trabajo humano y su cambio a lo largo de la
historia.
¿Acaso no existen en nuestra sociedad contemporánea serias dificultades para conceptualizar al trabajo humano en todas sus dimensiones?
El reduccionismo del trabajo, así como su falsa “idolatría” conducen a caminos equivocados (Compendio de la DSI p. 257).
No cabe duda acerca de las dificultades que desde siempre ha encerrado la búsqueda de una definición más o menos consensuada respecto al trabajo humano.
En ese sentido, el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia se refiere a las visiones limitadas y simplistas por un lado de las corrientes reduccionistas del trabajo, y por otro a aquellas corrientes que parecerían defender determinada “falsa idolatría” (Compendio de la DSI p. 257).
Ambas visiones son restrictivas respecto a las necesidades de incorporar una definición amplia del trabajo humano.
Es así que un recorrido por el análisis y las diferentes lecturas que se hacen desde distintas culturas y civilizaciones antiguas dejan mucha luz en lo que refiere a la valorización con respecto al trabajo. Desde la visión peyorativa de la cultura helénica representada en Sócrates (principio de la autocracia), Platón y Aristóteles, pasando por la visión optimista de los Caldeos, hasta la visión de la cultura hebrea (Libro del Génesis, Talmud) y los aportes del cristianismo primitivo. En este plano vale la pena detenerse en el origen obrero tanto de Jesús como de sus discípulos, así como en pasajes de San Agustín, San Benito, Santo Tomás y San Francisco.
A manera de ejemplo, valga señalar el lema fundante de los monasterios benedictinos “Ora et labora”, esto es, destacar tanto la necesidad del vínculo con Dios mediante la oración, como el trabajo humano que siempre fue muy significativo en este tipo de Ordenes.
Hanna Arendt, dadas las dificultades anteriormente mencionadas, decide rastrear la etimología de los términos en cuestión, y en su célebre trabajo «La condición del hombre moderno» del año 1961, hace una distinción- que aclara no es muy habitual, entre trabajo y labor.
El griego, en ese sentido, ha distinguido entre ponein y ergazesthai; el latín laborare y facere o fabricare; el inglés labor y work; el alemán arbeiten y werken. En todos esos casos, dice Arendt, sólo los equivalentes de «trabajo» significan sin equívoco pena y desgracia.
El alemán Arbeit se aplicaba primeramente sólo a los trabajos de campo ejecutados por los siervos y no a la obra de los artesanos, llamada Werk. En francés, travailler que ha reemplazado a labourer, viene de tripalium, una especie de instrumento de tortura.
Estas distinciones son elocuentes en cuanto reproducen la visión de diferentes culturas con respecto al trabajo. En ese sentido, hay un concepto del mismo que hace mención a una valoración netamente negativa, y es la que ha dado lugar a la conformación del término «trabajo».
Por otro lado, la misma etimología distingue otro término (labor u obra, dependiendo de la traducción) que representa connotaciones positivas. ¿Qué es lo que distingue ambos términos, y que popularizara Locke al referirse a «la labor de nuestras manos y el trabajo de nuestros cuerpos?».
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La diferencia radica, según Arendt, en que el trabajo crea bienes fútiles dedicados al mero consumo, lo que promovería con el paso de los años, una sociedad de masas donde desaparece el trabajo bien hecho, al que define como labor u obra, característico de los artesanos, quienes crean objetos de uso con durabilidad en el tiempo, mediante un proceso de fabricación que en ningún momento implica el tedio y alienación característico de una sociedad de masas.
Los griegos, dice Arendt, no practicaban esa diferencia: tanto trabajo como artesanía en la antigüedad griega eran reservados a los esclavos, ya que las ocupaciones todas tenían una naturaleza servil. Estos opusieron la contemplación a toda clase de actividad.
Nos llama la atención, cómo nuestras sociedades, a partir de la época moderna han invertido todas las tradiciones glorificando el trabajo, elevando al animal laborans por encima del animal racional. Nos dice la filósofa alemana que en lugar de la distinción trabajo obra, surge otra que tiene que ver entre el trabajo productivo y el improductivo; luego entre trabajo calificado y no calificado y finalmente nuestro ya conocido binomio trabajo manual - intelectual. La primera de esas distinciones, fue sin embargo la más trascendente en los orígenes de la ciencia económica y social. Adam Smith y Karl Marx, despreciarían el trabajo improductivo a tal punto de no considerarlo trabajo a menos que enriqueciera al mundo.
Los problemas derivados del mercado de Trabajo
A partir de la noción de “trabajo decente” divulgada por la OIT (aquel de índole productivo, justamente remunerado y ejercido en condiciones de libertad, igualdad, seguridad y dignidad humana), debemos desagregar aquellas situaciones que en América Latina atentan contra la dignidad del trabajo y del trabajador, a saber: desempleo, empleo precario, subempleo, “informalidad”, trabajo infantil, trabajo esclavo e iniquidad según sexo.
En este sentido, en la intervención se repasan datos estadísticos surgidos del Panorama Laboral Latinoamericano, haciendo hincapié en los fenómenos anteriormente señalados.
Para comenzar se señaló que este año 2007 habrá un importante crecimiento económico en la región, al igual que lo sucedido en el último lustro (promedio 4.5% de crecimiento del PBI por año).
Eso ha permitido que mejoraran las tasas desempleo y el aumento de salarios reales en el último año: “No obstante esta evolución favorable, se mantienen importantes brechas en los principales indicadores del mercado laboral por sexo y por edad, mientras que la informalidad sigue alta y la cobertura de la protección en salud y pensiones de los trabajadores en la región es todavía deficiente”.
Los signos positivos en América Latina
Luego de verse algunos signos negativos con respecto al mercado de trabajo, es necesario aludir a la esperanzadora economía de la solidaridad en América Latina, esto es, una corriente que aglutina miles de experiencias asociativas y comunitarias con el ánimo de buscar soluciones a los dramas del desempleo y la pobreza por medio de estrategias solidarias y con el fin de demostrar cómo es posible producir, distribuir, consumir y acumular con valores y principios alternativos a los hegemónicos.
En efecto, hoy la economía solidaria está permitiendo a numerosas cantidades de colectivos populares, organizarse y dinamizarse en términos socioeconómicos, esto es, desarrollando estrategias económicas con fuertes bases valóricas como pueden ser, el fomento de la equidad, el reparto justo, la participación en la toma de decisiones, el cuidado del medio ambiente, la cooperación, etc.
Terminamos la intervención con una mirada acerca de cómo la Doctrina Social de la Iglesia siempre ha estado atenta a la cuestión social, promoviendo salidas que permitan avanzar hacia un verdadero desarrollo humano.
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