En la última edición de la Revista informativa, en la nota La Obra Kolping y el TRABAJO, iniciábamos un análisis, que continuaremos en esta nueva edición, referido al trabajo como cristianos y a partir de la palabra de Dios, la concepción cristiana del trabajo y la doctrina social de la Iglesia.
Hacemos referencia en esta oportunidad a la Rerum novarun*, que es una apasionada defensa de la inalienable dignidad de los trabajadores.
A partir de ella, la Iglesia comienza a considerar los problemas del trabajo como parte de una cuestión social que ha tomado dimensiones mundiales.
Esta encíclica es el origen de un trabajo sistematizado de la Iglesia en torno al tema Trabajo.
La dignidad del trabajo
Como una primera consideración debemos destacar la dignidad del trabajo desde un sentido objetivo y subjetivo.
Sentido objetivo: es el conjunto de actividades, recursos, instrumentos y técnicas de las que el hombre se sirve para producir, para dominar la tierra. Constituye el aspecto variable de la actividad humana.
Sentido subjetivo: es el actuar del hombre en cuanto ser dinámico, que realiza actividades que corresponden a su vocación personal.
Constituye el aspecto estable del trabajo, que corresponde a su dignidad personal.
Por esta dimensión, el trabajo no es una simple mercancía de la organización productiva.
Esta dimensión debe tener preeminencia sobre la objetiva.
Resulta inaceptable reducir a la persona a un simple instrumento de producción porque el trabajo tiene prioridad sobre el capital en una relación de complementariedad entre ambos.
Se trata de superar una mentalidad clasista, existente en la sociedad porque uno no es más persona por desempeñar un tipo especial de trabajo. Tampoco merece menor reconocimiento por desempeñar un trabajo mal llamado “humilde”
El trabajo también tiene una dimensión social, pues se trabaja con otros y para otros.
Es también un deber, una obligación moral, para con el prójimo: la familia, la sociedad.
El derecho al trabajo
El trabajo es necesario. El trabajo es un derecho fundamental y un bien para el hombre: un bien útil, digno de él, porque es idóneo para expresar y acrecentar la dignidad humana. El trabajo es un bien de todos, que debe estar disponible para todos los que sean capaces de llevarlo a cabo. Hay que buscar la “plena ocupación”. La capacidad de una sociedad orientada hacia el bien común y hacia el futuro se mide también a partir del trabajo que puede ofrecer. También hay que resaltar que la conservación del empleo depende, cada vez más, de las capacidades profesionales: instrucción, educación, formación humana y técnica.
La función del Estado y de la sociedad
Al Estado le compete promover políticas que activen el empleo, pues el trabajo humano es un derecho del que dependen directamente la promoción de la justicia social y la paz civil.
La familia y el derecho al trabajo
El trabajo es el fundamento sobre el que se forma la vida familiar; asegura los medios de subsistencia y garantiza el proceso educativo de los hijos.
Las mujeres y el derecho al trabajo.
La urgencia de un efectivo reconocimiento de los derechos de la mujer en el trabajo se advierte especialmente en los aspectos de la retribución, la seguridad y la previsión social.
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