| |
venimos, quiénes somos y
cuán grande es nuestra
dignidad. Venimos ciertamente de nuestros padres
y somos sus hijos, pero también venimos de Dios,
que nos ha creado a su imagen y nos ha llamado a
ser sus hijos. Por eso, en el origen de todo ser humano no existe
el azar o la casualidad, sino un proyecto del amor de Dios.
Es lo que nos ha revelado
Jesucristo, verdadero Hijo de Dios y hombre perfecto. Él
conocía de quién venía y de quién
venimos todos: del amor de su Padre y Padre nuestro.
|
| La fe no es, pues, una mera herencia cultural,sino
una acción continua de la gracia de Dios que llama y
de la libertad humana que puede o no adherirse a esa llamada.
Aunque nadie responde por otro, sin embargo los padres cristianos
están llamados a dar un testimonio creíble de
su fe y esperanza cristiana. Han de procurar que la llamada
de Dios y la Buena Nueva de Cristo lleguen a sus hijos con la
mayor claridad y autenticidad.
|
Con el pasar de los años, este don de
Dios que
los padres han contribuido a poner ante los ojos de
los pequeños necesitará también ser cultivado
con
sabiduría y dulzura, haciendo crecer en ellos la
capacidad de discernimiento. De este modo, con
el testimonio constante del amor conyugal de los
padres, vivido e impregnado de la fe, y con el
acompañamiento entrañable de la comunidad
cristiana, se favorecerá que los hijos hagan suyo el
don mismo de la fe, descubran con ella el sentido
profundo de la propia existencia y se sientan gozosos
y agradecidos por ello.
|
| |
|
La familia cristiana
transmite la fe cuando los padres enseñan
a sus hijos a rezar y rezan con ellos (cf.
Familiaris consortio, 60); cuando los acercan a
los sacramentos y
|
|
|
| |
|
|
| los van introduciendo en la vida de la Iglesia;
cuando todos se reúnen para leer la Biblia, iluminando
la vida familiar a la luz de la fe y alabando a Dios como Padre.
|
| |
En la cultura actual se exalta muy a menudo
la libertad del individuo concebido como sujeto autónomo,
como si se hiciera él sólo y se bastara a sí
mismo, al margen de su relación con los demás
y ajeno a su responsabilidad ante ellos. Se intenta organizar
la vida social sólo a partir de deseos subjetivos y mudables,
sin referencia
alguna a una verdad objetiva previa como son la dignidad de
cada ser humano y sus deberes y derechos inalienables a cuyo
servicio debe ponerse todo grupo social.
|
| |
La Iglesia no cesa de recordar que la verdadera
libertad del ser humano proviene de haber sido creado a imagen
y semejanza de Dios. Por ello, la educación cristiana
es educación de la libertad y para la libertad. «Nosotros
hacemos el bien no como esclavos, que no son libres de obrar
de otra manera, sino que lo hacemos porque tenemos personalmente
la responsabilidad con respecto al mundo; porque amamos la verdad
y el bien, porque amamos a Dios mismo y, por tanto, también
a sus criaturas. Ésta es la libertad verdadera, a la
que el Espíritu Santo quiere llevarnos» (Homilía
en la vigilia de
Pentecostés, L’Osservatore Romano, edic. lengua
española, 9-6-2006, p. 6).
|
| |
Jesucristo es el hombre perfecto, ejemplo de
libertad filial, que nos enseña a comunicar a los demás
su mismo amor: «Como el Padre me ha amado, así
os he amado yo; permaneced en mi amor» (Jn 15,9).
A este respecto enseña el Concilio Vaticano II que
«los esposos y padres cristianos, siguiendo su propio
camino, deben apoyarse mutuamente en la gracia,
con un amor fiel a lo largo de toda su vida, y educar
en la enseñanza cristiana y en los valores evangélicos
a sus hijos recibidos amorosamente de Dios.
|
| |
| |
|