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setiembre mayo
 
HOMILÍA DEL PAPA EN LA MISA DE CLAUSURA V ENCUENTRO MUNDIAL DE LA FAMILIAS - VALENCIA 2006
 
 
Queridos hermanos y hermanas:
En esta Santa Misa que tengo la inmensa alegría de presidir, concelebrando con numerosos
Hermanos en el episcopado y con un gran número de sacerdotes, doy gracias al Señor por
todas las amadas familias que os habéis congregado aquí formando una multitud
jubilosa, y también por tantas otras que, desde lejanas tierras, seguís esta celebración a través de la radio y la televisión. A todos deseo saludaros y expresaros mi gran afecto con un abrazo de paz.
 
 
Los testimonios de Ester y Pablo, que hemos escuchado antes en las lecturas, muestran cómo la familia está llamada a colaborar en la transmisión de la fe. Ester confiesa: «Mi padre me ha contado que tú, Señor, escogiste a Israel entre las naciones» (14,5). Pablo sigue la tradición de sus antepasados judíos dando culto a Dios con conciencia pura. Alaba la fe sincera de Timoteo y le recuerda «esa fe que tuvieron tu abuela Loide y tu madre Eunice, y que estoy seguro que tienes también tú» (2 Tm 1,5). En estos testimonios bíblicos la familia comprende no sólo a padres e hijos, sino también a los abuelos y antepasados. La familia se nos muestra así como una comunidad de generaciones y garante de un patrimonio de tradiciones.
Ningún hombre se ha dado el ser a sí mismo ni
ha adquirido por sí solo los conocimientos
elementales para la vida. Todos hemos recibido de
otros la vida y las verdades básicas para la misma, y
estamos llamados a alcanzar la perfección en
relación y comunión amorosa con los demás. La
familia, fundada en el matrimonio indisoluble entre
un hombre y una mujer, expresa esta dimensión
relacional, filial y comunitaria, y es el ámbito donde
el hombre puede nacer con dignidad, crecer y desarrollarse de un modo integral.
 
Cuando un niño nace, a través de la relación con
sus padres empieza a formar parte de una tradición
familiar, que tiene raíces aún más antiguas. Con el
don de la vida recibe todo un patrimonio de
experiencia.
 
 
 
 
A este respecto, los padres tienen el derecho y el deber inalienable de transmitirlo a los hijos: educarlos en el descubrimiento de su identidad, iniciarlos en la vida social, en el ejercicio responsable de su libertad moral y de su capacidad de amar a través de la experiencia de ser amados y, sobre todo, en el encuentro con Dios.
 
Los hijos crecen y maduran humanamente en la medida en que acogen con confianza ese patrimonio y esa educación que van asumiendo progresivamente. De este modo son capaces de elaborar una síntesis personal entre lo recibido y lo nuevo, y que cada uno y cada generación está llamado a realizar.
En el origen de todo hombre y, por tanto, en toda paternidad y maternidad humana está presente Dios Creador. Por eso los esposos deben acoger al niño que les nace como hijo no sólo suyo, sino también de Dios, que lo ama por sí mismo y lo llama a la filiación divina. Más aún: toda generación, toda paternidad y maternidad, toda familia tiene su principio en Dios, que es Padre, Hijo y Espíritu Santo.
 
A Ester su padre le había trasmitido, con la memoria
de sus antepasados y de su pueblo, la de un Dios
del que todos proceden y al que todos están llamados
a responder. La memoria de Dios Padre que ha
elegido a su pueblo y que actúa en la historia para
nuestra salvación. La memoria de este Padre ilumina
la identidad más profunda de los hombres: de dónde
 
 
 
 
 
 
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