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| Los testimonios de Ester y Pablo,
que hemos escuchado antes en las lecturas, muestran cómo
la familia está llamada a colaborar en la transmisión
de la fe. Ester confiesa: «Mi padre me ha contado que
tú, Señor, escogiste a Israel entre las naciones»
(14,5). Pablo sigue la tradición de sus antepasados judíos
dando culto a Dios con conciencia pura. Alaba la fe sincera
de Timoteo y le recuerda «esa fe que tuvieron tu abuela
Loide y tu madre Eunice, y que estoy seguro que tienes también
tú» (2 Tm 1,5). En estos testimonios bíblicos
la familia comprende no sólo a padres e hijos, sino también
a los abuelos y antepasados. La familia se nos muestra así
como una comunidad de generaciones y garante de un patrimonio
de tradiciones. |
Ningún hombre se ha dado el ser a sí
mismo ni
ha adquirido por sí solo los conocimientos
elementales para la vida. Todos hemos recibido de
otros la vida y las verdades básicas para la misma, y
estamos llamados a alcanzar la perfección en
relación y comunión amorosa con los demás.
La
familia, fundada en el matrimonio indisoluble entre
un hombre y una mujer, expresa esta dimensión
relacional, filial y comunitaria, y es el ámbito donde
el hombre puede nacer con dignidad, crecer y desarrollarse de
un modo integral. |
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Cuando un niño nace, a través
de la relación con
sus padres empieza a formar parte de una tradición
familiar, que tiene raíces aún más antiguas.
Con el
don de la vida recibe todo un patrimonio de
experiencia. |
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| A este respecto, los padres tienen el derecho
y el deber inalienable de transmitirlo a los hijos: educarlos
en el descubrimiento de su identidad, iniciarlos en la vida
social, en el ejercicio responsable de su libertad moral y de
su capacidad de amar a través de la experiencia de ser
amados y, sobre todo, en el encuentro con Dios. |
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| Los hijos crecen y maduran humanamente en
la medida en que acogen con confianza ese patrimonio y esa educación
que van asumiendo progresivamente. De este modo son capaces
de elaborar una síntesis personal entre lo recibido y
lo nuevo, y que cada uno y cada generación está
llamado a realizar. |
| En el origen de todo hombre y, por tanto,
en toda paternidad y maternidad humana está presente
Dios Creador. Por eso los esposos deben acoger al niño
que les nace como hijo no sólo suyo, sino también
de Dios, que lo ama por sí mismo y lo llama a la filiación
divina. Más aún: toda generación, toda
paternidad y maternidad, toda familia tiene su principio en
Dios, que es Padre, Hijo y Espíritu Santo. |
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A Ester su padre le había trasmitido,
con la memoria
de sus antepasados y de su pueblo, la de un Dios
del que todos proceden y al que todos están llamados
a responder. La memoria de Dios Padre que ha
elegido a su pueblo y que actúa en la historia para
nuestra salvación. La memoria de este Padre ilumina
la identidad más profunda de los hombres: de dónde |
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