En cada uno de nosotros hay un mundo interior, a partir del cual vivimos las diversas experiencias. Se llama INTERIORIDAD. Para crecer, el hombre necesita en verdad, antes o después, entrar en sí mismo, de manera que pueda alcanzar la propia profundidad. El Evangelio no deja dudas sobre esto, Jesús lo ha afirmado:»El Reino de Dios está dentro de ustedes» ( Lc 17,21). Ciertamente no basta con mirar dentro: ¡Tenemos también que mirar fuera!. El Señor ha dicho claramente que lo encontramos en los hermanos más pequeños. Pero para ir fuera es necesario entrar dentro y dejarnos abrir los ojos. Entonces somos conducidos por Él donde se parte el pan, donde hay comunidad, donde el pan se parte para todo el mundo y no sólo para nosotros, donde el hombre sufre.
Hoy tenemos que redescubrir la vida interior, para dar libre expresión a las aspiraciones del corazón en búsqueda de Dios. Dispersados en nuestros afanes y en las preocupaciones, tenemos que recorrer el camino de la reflexión, del silencio, de la concentración, de la oración, y así tratar de vivir la vida como un viaje espiritual hacia la perfección y hacia Dios. Vivimos en una cultura dirigida predominantemente hacia la praxis, que tiende a hacer, a producir, que engendra como resultado una necesidad de silencio, de escucha, de respiración contemplativa. Hace falta liberar la DIMENSIÓN CONTEMPLATIVA DE LA VIDA, recomponer los fragmentos de una existencia desorientada, de manera que podamos volver a las raíces de la existencia, VOLVER A CASA, hallar el auténtico yo dentro de nosotros mismos.
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