a) Introducción
Los comienzos de la Obra Kolping en el continente americano
¡Me hubiese gustado participar en aquella Asamblea de 1968 en Salzburgo/Austria, cuando la Obra Kolping Internacional resolvió incluir la ayuda al desarrollo a nivel internacional entre sus principales objetivos! ¡Haber participado y ver hoy los resultados!
Lo resuelto en la Asamblea de Salzburgo fue una decisión importantísima, que proyectó a la Obra Kolping a nivel internacional y que implicó un compromiso muy serio para enfrentar los desafíos de la “nueva cuestión social” y participar en todos los ámbitos de la cultura.
“La Obra Kolping Internacional consideró que una de las formas de colaborar en la solución de estas tareas era, ante todo, la fundación de Familias Kolping y de Federaciones Nacionales, las cuales – tanto a través de la acción de sus miembros, como a través de su cooperación dentro de esta asociación de alcance mundial – deberían contribuir a hacer realidad una mayor justicia social”.2
Se trataba de cooperar en otras culturas sobre todo a través de su propio carisma que está vinculado a la creación de Familias Kolping como “pequeñas comunidades cristianas” en las que se acompaña la vida de sus integrantes, se comparte la formación integral y la acción y donde se vive el principio de la autoayuda.
El inicio de este esfuerzo de participación comenzó en América Latina, en Brasil, en el año 1968, formándose al principio los grupos de autoayuda y luego la Federación Nacional.
Posteriormente la Obra Kolping se dirigió hacia otros países: Argentina (1968), Chile (1976), Bolivia, México y Paraguay (1980), Colombia y Uruguay (1985), Perú (1988), Costa Rica (2003), Ecuador y Nicaragua (1995), República Dominicana (1999) y finalmente Honduras (2004).
Según se lee en las crónicas históricas, muchos sacerdotes y laicos participaron con entusiasmo y compromiso en la fundación de la Obra Kolping en sus respectivos países, seguramente porque visualizaron que la propuesta se adecuaba a las necesidades de los tiempos: la conformación de pequeñas comunidades cristianas (Familias Kolping), la promoción de la familia, la concepción del trabajo como clave de la cuestión social, el deseo de influencia en las estructuras de la sociedad y la acción solidaria como obligación recíproca.
En el mundo occidental, en el final de la década de los años ´60, se cuestionaba con mucha fuerza la situación social: en Europa, pero también en América Latina.
Fueron tiempos de muchas dificultades, en que se radicalizaron las ideas; años de violencia, de confrontación y de desequilibrios que desembocarían en muchos casos en enfrentamientos muy dolorosos.
Evidentemente se estaba frente a un momento histórico de cambios en la sociedad pero también en la Iglesia Católica.
En esa época los documentos del Concilio Vaticano II estaban en la etapa de reflexión y análisis, y provocaron un impulso y cambios importantes en la autoconcepción de la Obra Kolping.
En 1967, un año antes de la resolución de Salzburgo, el Papa Pablo VI en la encíclica “Populorum Progressio ponía el énfasis en que “el desarrollo integral del hombre no puede darse sin el desarrollo solidario de la humanidad” …y sugería también… “ la búsqueda de medios concretos y prácticos de organización y cooperación para poner en común los recursos disponibles y realizar así una verdadera comunión entre todas las naciones”.3
En el capítulo III de la encíclica y refiriéndose a la Caridad Universal, el Papa Pablo VI hace una exhortación: “En esta marcha, todos somos solidarios. A todos hemos querido recordar la amplitud del drama y la urgencia de la obra que hay que llevar a cabo……… Todos los hombres y todos los pueblos deben asumir sus responsabilidades.4
En septiembre de 1968 en América Latina, la Iglesia Católica convocó a la Segunda Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y en el documento final denuncia con fuerza la situación de injusticia: “El origen de todo menosprecio del hombre, de toda injusticia, debe ser buscado en el desequilibrio interior de la libertad humana, que necesitará siempre, en la historia, una permanente labor de rectificación. La originalidad del mensaje cristiano no consiste directamente en la afirmación de la necesidad de un cambio de estructuras, sino en la insistencia en la conversión del hombre, que exige luego este cambio. No tendremos un continente nuevo sin nuevas y renovadas estructuras; sobre todo, no habrá continente nuevo sin hombres nuevos, que a la luz del Evangelio sepan ser verdaderamente libres y responsables.5
“Debemos despertar la conciencia social y hábitos comunitarios en todos los medios y grupos profesionales, ya sea en lo que respecta al diálogo y vivencia comunitaria dentro del mismo grupo, ya sea en sus relaciones con grupos sociales más amplios”6 .
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