|
setiembre mayo
 
NAVIDAD 2006
  DIOS CREE EN EL HOMBRE
 
 
El optimismo de Dios. El nacimiento de Jesús que celebramos significa el compromiso radical de Dios con el hombre y la más alta promoción de éste, porque Dios lo ama. Es evidente el pesimismo ambiental sobre el hombre; pero Dios se muestra optimista respecto del ser humano, su criatura. Cree en él; y tanto, que se encarna y se hace uno más entre nosotros. Por eso Navidad es la fiesta y la gran esperanza del hombre nuevo.
Hemos de reconocer que a pesar de los sorprendentes avances tecnológicos, los medios de expresión actual (arte, literatura, cine, teatro) y los de comunicación social (prensa, radio, televisión) nos transmiten un fondo de pesimismo antropológico. ¿Tendrá el hombre redención posible de la injusticia, la violencia, la degradación personal y la destrucción ecológica? ¿Llegará alguna vez el hombre a ser libre de verdad, dueño de sí, solidario con los demás, hijo de Dios en definitiva y hermano de los hombres?
Pues bien, el mensaje de Navidad es de un optimismo esperanzador, porque Dios cree en el hombre. El señor viene hoy a nosotros, está viniendo siempre, para que rehagamos la historia humana cada día transformándola en nueva y mejor. Si la palabra de Dios, Cristo Jesús se hizo carne y plantó su tienda en el campamento humano, su presencia entre nosotros es germen de esperanza en nuestro peregrinar trashumante. A pesar de todo lo inhumano y degradante que puede ser nuestro mundo en muchos sitios y ocasiones, a pesar de todo, siempre hay una esperanza última para el hombre.
Dios asumió nuestra humanidad, la ennobleció, y nos mostró personal y humanamente que podemos vivir como personas en libertad y hermanos en fraternidad. Por eso nos exhorta la palabra de Dios: “Dejen que el Espíritu renueve su mentalidad y vístanse de la nueva condición humana, creada a imagen de Dios, justicia y santidad verdaderas” (Ef 4,23s). Este es el mensaje hondo, recio y nada sentimental, liberador y nada alienante, de la encarnación de Dios.
 
Mensaje y memorial navideño. Muchos se contentan con los tópicos al  uso respecto de la Navidad. Sin embargo, es una fiesta de enorme profundidad cristiana y de honda alegría. Por celebrar la fe de los hechos salvadores de Dios – como ahora el nacimiento humano de Dios – es hacerlos presentes aquí y ahora para el creyente de hoy.
El mensaje hondo que fundamenta el gozo auténtico de estas fechas es la humanización de Dios para la divinización del hombre. Pero es preocupante el rechazo de Dios, incluso por parte de los cristianos, o bien el querer manipularlo al antojo de nuestros caprichos e intereses egoístas. Un Dios humanado puede resultar molesto para algunos por su presencia pobre, que es denuncia de la existencia de la miseria de unos junto a la opulencia de otros al amparo de injustas desigualdades, establecidas como legítimas.
Para que Dios nazca de nuevo en nuestro mundo hemos de compartir con los hermanos, especialmente con el más pobre, la Navidad y todo lo que esta significa. Hoy nos deseamos mutuamente paz y felicidad porque es el nacimiento de Jesús. Es lógico. A partir de la encarnación de Dios es posible y necesario amar al hombre, nuestro hermano, porque Dios lo ama y como Dios lo ama, a pesar de todas sus limitaciones que son también las de cada uno de nosotros.
 
 
Dios en presencia pobre. El Cristo de la Navidad, el que mejor comprenderá nuestro tiempo, es el Cristo de la liberación del hombre; pues ésta es la mayor tarea pendiente en la humanidad actual. Cristo está en medio de nosotros, presente y actuando en todos aquellos que luchan y sufren por amor a la justicia, por la defensa de los derechos humanos y por la dignidad del hombre. Si no lo reconocemos es por culpa de nuestra ceguera farisaica.
La navidad nos recuerda que ser cristiano no se limita a aceptar un credo, una autoridad religiosa, unas prácticas de culto y unas normas de moral. Ser discípulo de Jesús de Nazaret es también encarnarse, como él en la entrega al hermano, especialmente al que más lo necesita.
Celebrar la Navidad en cristiano es compartir en reciprocidad y comunión solidaria  con todos los hombres, a quienes Dios ama, la felicidad del Dios-con-nosotros; es salir de nuestra ruindad y de nuestros pequeños intereses para encontrar gozosamente al hermano, en especial al más necesitado, porque Cristo se encarna en él y nace cada Navidad, cada día en millones de pobres.
 
Solamente así será Navidad en nuestro entorno y la celebraremos en cristiano, y no porque la pregone una alegría superficial de luces, bullicio, felicitaciones, visitas, vacaciones, regalos champán y gastronomía. Todo esto, si va solo, es una imagen trivial de la Navidad. El peligro está en que se realice en nosotros la estremecedora afirmación de San Juan: La palabra de Dios vino a su casa y los suyos no la recibieron. Por eso hemos de alertarnos para ser del número de quienes recibiéndola, llegan a ser hijos de Dios y hermanos de los demás.
 
Sabíamos Señor que eres bueno y que nos quieres bien; pero hoy lo demuestras palpablemente, una vez más, a tu estilo: ¿quién daría un céntimo por nosotros, tan ruines y ruinosos? Pero tú rompes todos los moldes y todos los cálculos; tú amas al hombre hasta hacerte uno más entre nosotros.
¡Gracias Señor Jesús! Has venido a tu casa, y queremos recibirte como tú lo mereces. Al celebrar tu nacimiento, concédenos renovar nuestra vieja y mezquina mentalidad para revestirnos de la nueva condición humana a tu imagen, la condición de hijos de Dios y hermanos de los hombres. Amén.
 
Queridos hermanos de las familias Kolping de Sucre, que la paz de Dios que llena la vida de los creyentes, les colme en esta Navidad y que el año que vamos a iniciar sea lleno de realizaciones.
En Cristo: 
 
 
 
 
 
email