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| El 13 de mayo pasado, a los pies de la Santísima
Virgen Nuestra Señora Aparecida en Brasil, se
inauguró la V Conferencia General del Episcopado
Latinoamericano y del Caribe. A continuación
transcribimos la Conclusión General:
Conclusión General
1.“Pareció bien al Espíritu Santo y a nosotros…”
(Hch. 15, 28). La experiencia de la comunidad
apostólica de los comienzos muestra la naturaleza
misma de la Iglesia en cuanto misterio de comunión
con Cristo en el Espíritu Santo. S.S.
Benedicto XVI nos indicó este “método” original
en su homilía en Aparecida. Al concluir la V Conferencia
General del Episcopado Latinoamericano
y de El Caribe constatamos que esto es, por
gracia de Dios, lo que hemos experimentado. En
20 jornadas de intensa oración, intercambios y
reflexión, dedicación y fatiga, nuestra solicitud
pastoral tomó forma en el documento final, que
fue adquiriendo cada vez mayor densidad y madurez.
El Espíritu de Dios fue conduciéndonos, suave
pero firmemente, hacia la meta.
2. Esta V Conferencia, recordando el mandato de
ir y de hacer discípulos (cf.Mt 28, 20), desea despertar
a la Iglesia en América Latina y El Caribe
para un gran impulso misionero. No podemos desaprovechar
esta hora de gracia. ¡Necesitamos un
nuevo Pentecostés! ¡Necesitamos salir al encuentro
de las personas, las familias, las comunidades
y los pueblos para comunicarles y compartir el don
del encuentro con Cristo, que ha llenado nuestras
vidas de “sentido”, de verdad y amor, de alegría y
de esperanza! No podemos quedarnos tranquilos
en espera pasiva en nuestros templos, sino urge
acudir en todas las direcciones para proclamar que
el mal y la muerte no tienen la última palabra,
que el amor es más fuerte, que hemos sido liberados
y salvados por la victoria pascual del Señor de
la historia, que El nos convoca en Iglesia, y que
quiere multiplicar el número de sus discípulos y
misioneros en la construcción de su Reino en América
Latina. Somos testigos y misioneros: en las
grandes ciudades y campos, en las montañas y selvas
de nuestra América, en todos los ambientes
de la convivencia social, en los más diversos “areópagos” de la vida pública de las naciones, en
las situaciones extremas de la existencia, asumiendo “ad gentes” nuestra solicitud por la misión universal
de la Iglesia.
3. Para convertirnos en una Iglesia llena de ímpetu
y audacia evangelizadora, tenemos que ser de
nuevo evangelizados y fieles discípulos. Concientes
de nuestra responsabilidad por los bautizados que
han dejado esa gracia de participación en el misterio
pascual y de incorporación en el Cuerpo de
Cristo bajo una capa de indiferencia y olvido, se
necesita cuidar el tesoro de la piedad católica de
nuestros pueblos para que resplandezca cada vez
más en ella “la perla preciosa” que es Jesucristo y
sea siempre nuevamente evangelizada en la fe de
la Iglesia y por su vida sacramental. Hay que fortalecer
la fe “para afrontar serios retos, pues están
en juego el desarrollo armónico de la sociedad
y la identidad católica de sus pueblos”. No hemos
de dar nada por presupuesto y descontado. Todos
los bautizados estamos llamados a “recomenzar
desde Cristo”, a reconocer y seguir su Presencia
con la misma realidad y novedad, el mismo poder
de afecto, persuasión y esperanza, que tuvo su encuentro
con los primeros discípulos a las orillas
del Jordán, hace 2000 años, y con los “Juan Diego”
Delegación uruguaya / Fuente: iglesiauruguaya.com
del Nuevo Mundo. Sólo gracias a ese encuentro y
seguimiento, que se convierte en familiaridad y
comunión, por desborde de gratitud y alegría, somos
rescatados de nuestra conciencia aislada y
salimos a comunicar a todos la vida verdadera, la
felicidad y esperanza que nos ha sido dado experimentar
y gozar.
4. Es el mismo Papa Benedicto XVI, quien nos ha
invitado a “una misión evangelizadora que convoque
todas las fuerzas vivas de este inmenso rebaño”
que es pueblo de Dios en América Latina: “sacerdotes,
religiosos, religiosas y laicos que se prodigan,
muchas veces con inmensas dificultades,
para la difusión de la verdad evangélica”. Es un
afán y anuncio misioneros que tiene que pasar de
persona a persona, de casa en casa, de comunidad
a comunidad. “En este esfuerzo evangelizador
prosigue el Santo Padre -, la comunidad
eclesial se destaca por las iniciativas pastorales,
al enviar, sobre todo entre las casas de las periferias
urbanas y del interior, sus misioneros, laicos o
religiosos, buscando dialogar con todos en espíritu
de comprensión y de delicada caridad”.
Esa misión evangelizadora abraza con el amor de
Dios a todos y especialmente a los pobres y los
que sufren. Por eso, no puede separarse de la solidaridad
con los necesitados y de su promoción
humana integral: “Pero si las personas encontradas
están en una situación de pobreza nos dice
aún el Papa -, es necesario ayudarlas, como hacían
las primeras comunidades cristianas, practicando
la solidaridad, para que se sientan amadas
de verdad. El pueblo pobre de las periferias urbanas
o del campo necesita sentir la proximidad de
la Iglesia, sea en el socorro de sus necesidades
más urgentes, como también en la defensa de sus
derechos y en la promoción común de una sociedad
fundamentada en la justicia y en la paz. Los
pobres son los destinatarios privilegiados del Evangelio
y un Obispo, modelado según la imagen del
Buen Pastor, debe estar particularmente atento
en ofrecer el divino bálsamo de la fe, sin descuidar
el ´pan material´”.
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5. Este despertar misionero, en forma de una
Misión Continental, cuyas líneas fundamentales
han sido examinadas por nuestra Conferencia y
que esperamos sea portadora de su riqueza de
enseñanzas, orientaciones y prioridades, será aún
más concretamente considerada durante la próxima
Asamblea Plenaria del CELAM en La Habana.
Requerirá la decidida colaboración de las Conferencias
Episcopales y de cada diócesis en particular.
Buscará poner a la Iglesia en estado permanente
de misión. Llevemos nuestras naves mar
adentro, con el soplo potente del Espíritu Santo,
sin miedo a las tormentas, seguros que la Providencia
de Dios nos deparará grandes sorpresas.
6. Recobremos, pues, “el fervor espiritual. Conservemos
la dulce y confortadora alegría de evangelizar,
incluso cuando hay que sembrar entre lágrimas.
Hagámoslo como Juan el Bautista, como
Pedro y Pablo, como los otros Apóstoles, como esa
multitud de admirables evangelizadores que se
han sucedido a lo largo de la historia de la Iglesia
con un ímpetu interior que nadie ni nada sea capaz
de extinguir. Sea ésta la mayor alegría de nuestras
vidas entregadas. Y ojalá el mundo actual que
busca a veces con angustia, a veces con esperanza
pueda así recibir la Buena Nueva, no a través
de evangelizadores tristes y desalentados, impacientes
o ansiosos, sino a través de ministros del
Evangelio, cuya vida irradia el fervor de quienes
ha recibido, ante todo en sí mismos, la alegría de
Cristo y aceptan consagrar su vida a la tarea de
anunciar el Reino de Dios y de implantar la Iglesia
en el mundo”. Recobremos el valor y la audacia
apostólicos.
7. Nos ayude la compañía siempre cercana, llena
de comprensión y ternura, de María Santísima.
Que nos muestre el fruto bendito de su vientre y
nos enseñe a responder como ella lo hizo en el
misterio de la anunciación y encarnación. Que nos
enseñe a salir de nosotros mismos en camino de
sacrificio, amor y servicio, como lo hizo en la
visitación a su prima Isabel, para que, peregrinos
en el camino, cantemos las maravillas que Dios
ha hecho en nosotros conforme a su promesa.
8. Guiados por María, fijamos los ojos en Jesucristo,
autor y consumador de la fe, y le decimos: “Quédate con nosotros, porque atardece y el día
ya ha declinado” (Lc 24, 29).
Quédate con nosotros, Señor, acompáñanos aunque
no siempre hayamos sabido reconocerte.
Quédate con nosotros, porque en torno a nosotros
se van haciendo más densas las sombras, y tú
eres la Luz; en nuestros corazones se insinúa la
desesperanza, y tú los haces arder con la certeza
de la Pascua. Estamos cansados del camino, pero
tú nos confortas en la fracción del pan para anunciar
a nuestros hermanos que en verdad tú has
resucitado y que nos has dado la misión de ser
testigos de tu resurrección.
Quédate con nosotros, Señor, cuando en torno a
nuestra fe católica surgen las nieblas de la duda,
del cansancio o de la dificultad: tú, que eres la
Verdad misma como revelador del Padre, ilumina
nuestras mentes con tu Palabra; ayúdanos a sentir
la belleza de creer en ti.
Quédate en nuestras familias, ilumínalas en sus
dudas, sostenlas en sus dificultades, consuélalas
en sus sufrimientos y en la fatiga de cada día, cuando
en torno a ellas se acumulan sombras que amenazan
su unidad y su naturaleza. Tú que eres la
Vida, quédate en nuestros hogares, para que sigan
siendo nidos donde nazca la vida humana
abundante y generosamente, donde se acoja, se
ame, se respete la vida desde su concepción hasta
su término natural.
Quédate, Señor, con aquéllos que en nuestras sociedades
son más vulnerables; quédate con los
pobres y humildes, con los indígenas y
afroamericanos, que no siempre han encontrado
espacios y apoyo para expresar la riqueza de su
cultura y la sabiduría de su identidad.
Quédate,
Señor, con nuestros niños y con nuestros jóvenes,
que son la esperanza y la riqueza de nuestro Continente,
protégelos de tantas insidias que atentan
contra su inocencia y contra sus legítimas esperanzas.
¡Oh buen Pastor, quédate con nuestros
ancianos y con nuestros enfermos. ¡Fortalece a
todos en su fe para que sean tus discípulos y misioneros!
Fuente: celam.org |
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