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diciembre setiembre mayo
 
   
EDITORIAL  
 
 

Queridos amigos Kolping:

Todos los hombres queremos ser felices. La historia de la humanidad es la larga y penosa aventura de los hombres en busca de la felicidad. Pero esta no se deja encontrar fácilmente. En el instante mismo en que creemos haberla encontrado, ya vemos su término, la vemos morir y de nuevo soñamos en encontrarla.

La alegría es expresión de la felicidad. Pero hay que distinguirla del placer. El placer es la felicidad del cuerpo y la alegría es la felicidad del alma. El placer vive un instante y muere. Por eso, el puro placer se transforma en tristeza, tiene gusto a muerte, deja un vacío. La alegría es espiritual, no puede morir, tiene sabor de eternidad. Aunque la vida nos golpea con problemas, sufrimientos, desilusiones y muerte, aunque lloramos de tristeza, podemos y debemos recuperar la alegría. El placer, en efecto, no puede existir donde vive el sufrimiento, mientras que la alegría puede unirse a los dolores más grandes.

La alegría no depende sólo de personas o de cosas materiales, porque parte siempre de nosotros, de nuestro corazón, para llegar a los demás. El padre Adolfo Kolping fue un hombre muy serio, pero muy alegre, pues llegó a los corazones de los jóvenes. Los conquistó, porque respondió a sus desafíos.

Él tenía muy claro que la alegría no es posible cuando uno se queja porque no se valoran sus esfuerzos, su trabajo, su servicio. Que no lo escuchen, que no lo quieran.
La alegría se da cuando uno sabe escuchar, se interesa por el otro, admira sus cualidades, pues eso nos libera de nuestras penas y nos da alegría.
Adolfo Kolping fue un hombre alegre, porque tuvo fe, se sintió amado por Dios, aunque debió sufrir mucho. Recibió el don de la alegría en el seno de una familia pobre pero sana, que le enseñó a admirar y a valorar las pequeñas cosas maravillosas de la vida.
Encontró la alegría en su trabajo pastoral como sacerdote, porque se sintió realizado en su vocación de dedicar su vida a los jóvenes y al periodismo.
Vivió la alegría en la recreación, las fiestas con los jóvenes, los eventos culturales y una rica cerveza, que tanto le gustaba.

 
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Amigos, ¿qué mensaje puedo dejarles? Déjense amar por Dios, vivan la fe, trabajen con gusto, fomenten la vida en familia, busquen una diversión sana y tengan los pies puestos en la tierra y en el cielo a la vez.
Recuerden que el placer es pasajero, pero la alegría casi eterna. Crean en Jesús y confíen en sus palabras, acogiendo su alegría. Él mismo dijo: “Yo les he dicho todas esas cosas para que en ustedes esté mi alegría y la alegría de ustedes sea perfecta” (Juan 15, 11).
Me despido con un abrazo afectuoso y les deseo mucha alegría en sus vidas.

PP. Bernardo Godbarsen SAC
Asesor Nacional
 
 
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