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diciembre setiembre mayo setiembre 2007 diciembre 2007
 
El trabajo es para el Ser Humano  
 
 

Alentamos a los empresarios que dirigen las grandes y medianas empresas y a los microempresarios, a los agentes económicos de la gestión productiva y comercial, tanto del orden privado como comunitario, por ser creadores de riqueza de nuestras naciones, cuando se esfuerzan en generar empleo digno, en facilitar la democracia y en promover la aspiración de la sociedad justa y a una convivencia ciudadana con bienestar y en paz. Igualmente, a los que no invierten su capital en acciones especulativas, sino en crear fuentes de trabajo, preocupándose por los trabajadores, considerándolos "a ellos y a sus familias" la mayor riqueza de la empresa, que viven modestamente por haber hecho, como cristianos, de la austeridad un valor inestimable, que colaboran con los gobiernos en la preocupación y el logro del bien común y se prodigan en obras de solidaridad y misericordia" (DA 404).

A la luz de las reflexiones que nuestros pastores nos brindan en el documento conclusivo de la Vª Conferencia Episcopal de América Latina y el Caribe, nos parece oportuno recordar algunos elementos que forman parte del patrimonio doctrinal de la Iglesia sobre un tema central en la vida de todo ser humano: el trabajo. Ojalá al compartirlas podamos crecer en responsabilidad evangélica y cada uno desde el lugar que ocupa en la sociedad sea luz y fermento de justicia.

El trabajo tiene múltiples dimensiones complementarias entre sí.

Desde la dimensión humana, el trabajo es una de la formas más nobles de crecimiento humano, de expresión y afirmación de la personalidad y las cualidades propias de cada persona, hace parte del ejercicio de las responsabilidades sociales, actualiza y mejora a la persona y su entorno, y abre a la solidaridad con las demás personas.
Desde la dimensión familiar, el trabajo es uno de los medios esenciales que hacen a la constitución y fortalecimiento de la institución familiar, cuyo sostenimiento y sustento se logra sanamente y justamente por el trabajo.
Desde su dimensión social, el trabajo tiene la virtud de mejorar la sociedad, favoreciendo el crecimiento económico y social de todas las personas, especialmente de aquellos más pobres.
Desde su dimensión cósmica, el trabajo es fuente de enriquecimiento y de transformación de la obra del Creador. El trabajo es la expresión privilegiada de la condición especialísima del ser humano, capacitado por Dios para "gobernar" el universo. Desde esta dimensión el ser humano tiene la posibilidad de hacer cosas buenas, dando el justo valor a los recursos naturales.
Por tanto es justo afirmar que hay una relación íntima entre la persona humana y el trabajo.
Todo ser humano, mediante el trabajo, perfecciona su propio ser (humano), tiene la posibilidad de expresar y compartir los dones que Dios mismo le ha dado haciéndose fecundo a través de sus obras y ejercitando sus facultades físicas, intelectuales y espirituales, es capaz de crear, descubrir y producir. Quien trabaja se siente y es útil a los demás, adquiere los medios de sostén para él y su comunidad, tiene el derecho a un justo salario.

¿El trabajo para el ser humano o el ser humano para el trabajo?

El trabajo es un derecho y no un privilegio. Todos debemos tener acceso a las fuentes laborales, sin discriminación. Cada ser humano es digno de acceder a un trabajo honesto y seguro, aunque el trabajo no sea la única razón de vivir. De la misma forma el trabajo es un deber de cada persona "El que no trabaja, que no coma" (2 Ts 3,10). La persona humana es sujeto y destinatario del trabajo: de hecho la persona es la medida de la dignidad del trabajo, éste procede de la persona y está ordenado a la misma. La persona en el trabajo considera al otro como "otro sí mismo", y no como un contrario, competidor o esclavo. El trabajo nos hace seres con-los-otros y no contra-los-otros. El trabajo es fuente de encuentro, relaciones e intercambio.

Todo trabajo debe generarse y darse en un contexto de condiciones favorables: el respeto y la promoción de la dignidad del trabajador; la libertad de crear y participar en asociaciones de carácter público para la promoción y defensa de los propios valores y derechos; el acceso y la participación correcta al progreso económico, a la gestión y a las ganancias del propio trabajo; el pago de los impuestos (establecidos por las autoridades legítimas) a los diferentes organismos impositivos y de seguridad social; la equitativa distribución, teniendo en cuenta el sexo, la edad y las capacidades personales; la plena ocupación; la limitación correcta y justa de las horas laborales; el legítimo tiempo de descanso; el acceso a la permanente formación técnica y humana; el establecimiento y respeto a una justa jerarquía de valores colocando a la persona trabajadora en primer lugar; el adecuado estado higiénico - sanitario de los locales o ámbitos de trabajo y el respeto al ambiente natural.
La creación o implementación y mejoramiento de estas condiciones para sí y para los demás es responsabilidad de todos, según sus posibilidades.

 

 

 

 

Así como están las condiciones adecuadas, es necesario impedir o eliminar aspectos negativos del mundo laboral: la mortificación de la dignidad de la persona; la explotación de sí, de los otros y de la naturaleza; la desocupación, que ofende la dignidad de la persona y amenaza el equilibrio de la vida y la posibilidad de crear y de hacer crecer la propia familia; el injustificado recurso al doble trabajo y/o al trabajo extraordinario, sobre todo cuando se trata de obtener el superfluo: quienes tienen doble trabajo hacen disminuir los puestos de trabajo para los demás, y quitan la posibilidad de energías y de tiempo que podrían dedicar al desarrollo de las otras dimensiones personales (sobre todo religioso-espirituales), a la propia familia, o a iniciativas de voluntariado; el ausentismo y la falta de empeño; el problema ambiental; la pérdida de tiempo, de recursos, las fugas de capitales, los fraudes; los sistemas financieros abusivos o incluso usureros, las relaciones comerciales inadecuadas; el excesivo acaparamiento y concentración de los bienes de producción, de distribución y de consumo; el uso deshonesto de los medios de comunicación; el despido injustificado; la huelga indiscriminada. No podemos perder de vista que es tan compleja la realidad a la que estamos haciendo referencia en estos puntos que, sin ánimo de caer en el pesimismo, siendo realistas, debemos aceptar que es casi imposible hacer desaparecer en su totalidad estos aspectos negativos, así y todo, es fundamental todo esfuerzo individual y colectivo por superar este tipo de situaciones.

Desde la reflexión cristiana, el trabajo está ordenado al bien común, el que debemos describir, al menos escuetamente en sus contenidos:
Se entiende por "bien común", la unión de aquellas condiciones de la vida social que permiten a los grupos, como a cada uno de sus miembros, alcanzar el propio y total perfeccionamiento, en tres aspectos esenciales.

1 - el respeto de la persona, de sus derechos fundamentales e inalienables (posibilidad de obrar según el recto dictamen de su conciencia, la salvaguarda de la vida privada, la justa libertad también en el campo religioso).
2 - el bienestar social y el desarrollo de los bienes espirituales y materiales de cada persona, de la familia, de la sociedad.
3 - la paz, estabilidad y seguridad de un orden justo.
Vale la pena agregar que el bienestar económico de un pueblo no se mide exclusivamente sobre la cantidad de los bienes producidos, sino que es necesario mirar: el modo en el cual esos bienes son producidos, el grado de equidad en la distribución de lo adquirido y el logro del desarrollo integral de cada persona.

El trabajador cristiano

El cristiano, trabajando, además de realizar y completar los aspectos positivos, válidos para cualquier persona, realiza la propia identidad de ser humano creado a imagen de Dios. El trabajo pertenece a la condición original del hombre, constituido por Dios "servidor" de la creación; colabora con el designio providencial de Dios creador y redentor: Dios llama al hombre a "cultivar y cuidar" (Gen. 2,15) los bienes creados por El. El hombre no es el dueño, sino el administrador, llamado a reflejar en el propio trabajo, la impronta de Aquel de quien él es imagen; imita a Cristo, el artesano de Nazaret, que dedicó al trabajo manual la mayor parte de los años de su vida en la tierra; coopera con El en su obra redentora: siguiendo las enseñanzas de Cristo y de su Iglesia, y trabajando con empeño. El cristiano se presenta como discípulo de Cristo llevando la cruz de cada día; se empeña con los otros para eliminar, o al menos, disminuir, los aspectos negativos del trabajo; se santifica y santifica a los demás; encuentra una ocasión de oración y contemplación; sirve a la familia y a la comunidad social según la voluntad de Dios; construye el Reino de Dios.
El mundo del trabajo exige principios y comportamientos solidarios que se plasman en el compromiso de cada uno a colaborar con los demás en la realización y mejoramiento de las condiciones del trabajo y de la sociedad; la equitativa repartición de los bienes y frutos del trabajo; el empeño por un orden social más justo, en el cual las tensiones se resuelvan negociando y dialogando; la colaboración entre todos, ricos y pobres, empresarios y trabajadores, naciones y pueblos...; la posibilidad de libres asociaciones evitando excesivas reivindicaciones corporativas; el compromiso a favor de los más pobres; la valoración de los aspectos positivos de la globalización, a fin de alcanzar un humanismo del trabajo a nivel planetario.
Es evidente que el trabajo, la relación empleador - empleado, debe estar regida por una adecuada escala de valores:

- el ser humano está sobre el trabajo y las cosas

- la ética está sobre la técnica: no todo lo que es técnicamente posible es también moralmente aceptable.

- el trabajo está sobre el capital, el cual es siempre un instrumento o la causa instrumental del trabajo. Al mismo tiempo hay que reconocer que el trabajo y el capital mantienen una relación de complementariedad.

- el destino universal de los bienes está sobre la misma legítima libertad tanto de iniciativa económica, como de la propiedad privada.

Este es un tema no acabado, por cierto, en este espacio, y de cada una de las afirmaciones aquí compartidas se desprenden diversos campos de reflexión que en la Doctrina Social de la Iglesia son atendidos y profundizados.


Pbro. Leonardo Rodriguez
 
 
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