| |
|
|
| El
día 2 de abril de 2005,
murió el Siervo de Dios,
Juan Pablo 11. El tiempo transcurre
con rapidez. Los eventos que marcan
nuestra historia se siguen sucediendo.
Sin embargo, algo peculiar está
pasando. La gente lo recuerda
con gran afecto. Aún sus
peores enemigos matizan sus críticas
y prefieren callar. En Roma continúan
las largas filas para visitar
su tumba. No es extraño
encontrar en ella flores, imágenes
y cartas. |
|
Las personas le escriben a Juan Pablo
II aún sabiendo que está
muerto! ¿Cuál es la intuición
detrás de estos gestos? ¿Por
qué miles de personas diariamente
se detienen frente a una lápida
de mármol en la que no existe
prácticamente ninguna ornamentación?
¿Por qué mucha gente,
aún alejada de la vida de la
Iglesia, se encomienda a su intercesión
con gran confianza? Ésta es la
primera de tres semblanzas de Juan Pablo
II.
|
|
|
En el año 2000
un «analista» dijo en una conferencia que
tal vez el cariño y el seguimiento al Papa Juan
Pablo II decaerían tras su muerte. La premisa
de esta afirmación era que el Papa era una figura
construida por
los medios de comunicación, un producto simbólico
de una sociedad que busca consuelos evanescentes ante
sus necesidades y angustias reales. ¡Qué
equivocada estaba esta apreciación! Juan Pablo
II no era simplemente una figura de moda, su persona
no fue un mero «hecho» que se agota en el
pasado. Al parecer la vida y la presencia de este Papa
configuran un auténtico
«acontecimiento», es decir, un evento que
comienza en un punto del tiempo y que permanece interpelando
la vida y las conciencias. |
 ¿Es
esto posible? ¿Cómo la vida de un ser
humano frágil y limitado como cualquier otro
puede trascender así? |
 Cuando
se utilizan los recursos de las diversas ciencias sociales
y humanas para la comprensión de un fenómeno
en casos como el que nos ocupa, las herramientas metodológicas
encuentran un punto límite. Ni el más
sofisticado estudio de psicología social, de
antropología de la religión o de sociología
puede desentrañar el hecho empírico de
que la presencia de Juan Pablo II permanece como un
referente significativo para la vida de muchas personas.
En situaciones como ésta es preciso decir: aquí
sucede algo que rebasa la dinámica convencional
de la convivencia y de la interacción social,
aquí sucede algo que requiere otro tipo de aproximación.
|
 La
existencia de héroes y pro-hombres en las sociedades
no es extraña. De cuando en cuando los pueblos
veneran la memoria de las personas que hicieron un gran
bien, que participaron en una gran batalla, que adquirieron
por diversas circunstancias algún tipo de fama.
Sin embargo, con Juan Pablo II las cosas no son exactamente
así. |
|
|
No ponemos en duda su fama, sus grandes luchas y
mucho menos el bien que hizo. Lo que deseamos señalar
es algo más: Juan Pablo II no es grande por
su apariencia física, por su enseñanza?
¡que vaya que es importante!? O por su hacer?
cosa también impresionante ?. Juan Pablo II
es grande, principalmente, por su santidad, por su
docilidad a la gracia, por que Aquél que es
Grande encontró en él disponibilidad
para el abrazo, para el perdón, para la fidelidad.
|
 |
Cuando la razón
descubre sus límites, cuando constata algo que
existe delante de los ojos pero que resulta inexplicable
desde el punto de vista de la dinámica del mundo,
es preciso que con audacia advierta que al interior
del mundo participa también Alguien que lo rebasa
infinitamente. No todo lo inexplicable procede como
gracia de Dios. Existen muchas cosas hoy inexplicadas
que se encuentran en ese estado por nuestra ignorancia,
por los límites en los que se encuentra la investigación
científica, por ejemplo. Pero existen algunas
cosas inexplicables que lo son por su origen, por su
fuente, porque proceden no solo de una instancia de
difícil acceso sino de una instancia inconmensurable,
es decir, proceden de un tipo de gratuidad infinita
que es inderivable de manera absoluta
de las puras fuerzas que constituyen el cosmos. |
Ese tipo de realidades que por su fuente sobrenatural
nos rebasan de suyo pueden ser verificadas por sus efectos
en la experiencia.
|
¿Qué quiere decir esto? Que la gracia
no se conoce de modo directo sino por aquello que genera,
por aquello que suscita. Que la gracia no es una cualidad
sensible que pueda ser observada y analizada en un laboratorio.
Tampoco la gracia es un dato deducible por medio de
un silogismo. Lo propio de la gracia es precisamente
la libertad infinita de la que procede, la imprevisibilidad
y total generosidad que la caracteriza. Lo propio de
la gracia es ser una irrupción absolutamente
original, absolutamente inderivada, que de repente acontece
en un punto del tiempo y se extiende más allá
de lo humanamente calculable, de lo humanamente previsible.
|
La gracia, como iniciativa de Dios, sin embargo, tiene
un límite: la libertad humana. Justo aquí
es donde se encuentra el punto neurálgico que
nos permite apreciar la importancia de lo que sucede
a través de la persona de Juan Pablo II. La libertad
de este hombre, frágil y limitada como la de
cualquiera, supo escoger «la mejor parte»
(Cf. Lc 10, 38-42) y supo perseverar hasta el fin instalado
en ella.
|
Hoy, esa fidelidad personal de Juan Pablo II a la gracia
permite que, aun sin decirlo con palabras sofisticadas,
muchas personas intuyan que su intercesión es
eficaz, que su labor como apóstol no ha finalizado
sino que continúa realizándose de verdad
desde el cielo. Los santos son un don de Dios a la humanidad.
Juan Pablo II es un gran regalo que nos permite mirar
que es posible seguir a Cristo en la Iglesia con radicalidad,
con
valentía, y con perseverancia, también
hoy.
|
Extraído de www.zenit.org
|
|