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El optimismo, ese estado de ánimo tantas veces
añorado…, pensamos que es algo propio de la juventud.
Decimos: “los jóvenes son optimistas por naturaleza,
ya se encargará la vida de demostrar que no todo
es color de rosas, de que también hay espinas
y que a veces son más espinas que rosas”. En
realidad lo que queremos decir es: “cuando maduren,
ya no serán optimistas”. Entonces, parece que
el pesimismo es propio de las personas “maduras”.
En estos tiempos, de velocidad infernal; de mensajitos
de texto sin contenido; de televisión que promueve
la amnesia pensativa; de desnutrición espiritual
porque ya nadie lee; puede que nos convenga, mirar a
nuestro alrededor. Mirar y ver, dos verbos parecidos
pero diferentes.
Hoy “vemos” mucho, pero no “miramos” con detenimiento.
Da la impresión que vamos en un tren japonés
a más de doscientos kilómetros por hora
y por la ventanilla que tenemos al lado, vemos pasar
la realidad, el mundo. Sólo vemos, no podemos
“mirar” porque la velocidad nos marea…
Quizás si tomamos un tren un poco más
lento, seríamos capaces de observar el hermoso
paisaje; de descubrir unos niños jugando; un
enfermo que no puede subir al tren sin nuestra ayuda;
conversaríamos con la persona que tenemos en
el asiento de al lado, a cerca de qué es lo que
le falta a nuestra sociedad para mejorar; qué
precisa nuestra comunidad o nuestra familia; cuestionaríamos
con inteligencia las decisiones de aquellos gobernantes
que dañan, nuestra moral y buenas costumbres,
con su afán de poder y no del bien común.
Pero para esto, hace falta ir más lento….
Usted pensará como yo: es imposible ir más
lento. Si no sigo este ritmo no sobrevivo, no tendría
dinero para llevar a casa, no podría cumplir
con mis obligaciones familiares, no podría participar
de las reuniones de grupo de amigos o colegas que tanto
bien me hacen. Nos gusta tanto parecer personas ocupadas…..
pensamos que si no demostramos que estamos ocupados
no somos nadie. Esta sociedad utilitarista margina nuestro
razonamiento aceleradamente.
Pero pensándolo bien sí puedo ir más
lento; aprovechando mejor el tiempo, tanto en el ocio
como en el trabajo; si dedico al estudio las horas dispuestas;
si organizo mejor las tareas de la casa, si en mi trabajo
dedico menos tiempo a comentar el partido de fútbol
de ayer o las noticias que están en el tapete.
Así, podría ir más lento, en mi interior,
en mis pensamientos y nos daríamos cuenta quizás,
que mi “ombligo” no es lo único que existe en este
planeta.
Pido disculpas al lector por lo que diré ahora:
muchas veces, nuestro famoso ombligo es lo más
importante que tenemos en la vida. Hay abundante variedad
de ombligos: enfermos por el éxito, orgullosos,
insoportables, pesimistas, celosos, egoístas (estos
últimos requieren de mucha atención…)
En fin, el mirar más allá de nuestro ombligo,
puede ayudarnos a ser optimistas. Aunque da la sensación
que no es una tarea fácil levantar la vista.
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Claro que
la observación del mundo en eneral y del
“nuestro”, cotidiano y más pequeño,
también puede llevarnos al pesimismo, sino,
escuchen a este personaje: “El amor es un egoísmo
sin control. No sé si hay muchos
seres que sean capaces de soportar la tiranía
del amor sin sufrir heridas mortales. Mira a tu
alrededor, mira por las ventanas de las casas, mira
los ojos de la gente, escucha sus lamentos: en todas
partes, encontrarás la
misma tensión desesperada. No pueden soportar
la exigencia de amor que hay en el aire. Por un
tiempo lo aguantan, llegan a acuerdos; pero luego
se cansan. Y entonces llegan los ardores de estómago.
La úlcera. La
diabetes. Los problemas cardíacos. La Muerte.”1
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Gracias a Dios no todos tienen este concepto del amor,
ni reaccionan así. Sin duda existen personas que
son maduras, miran y son optimistas. ¿Me pregunto
en qué va esto de ser optimista?, ¿será
que podemos elegir una actitud u otra frente a la misma
circunstancia o circunstancias similares?.
Veamos lo que nos dice, Helen Keller, una mujer que nació
sordo muda, que aprendió a leer y escribir, que
estudió en una de las Universidades más
prestigiosas de Estados Unidos y que a principios del
1900, se abrió camino en la vida a pesar de sus
barreras y llegó a ser una persona muy reconocida
en la sociedad norteamericana: “La mayoría de la
gente mide su felicidad en términos de placer físico
y posesión material. Si la felicidad se pudiera
medir y palpar, yo, que no puedo ver ni oir, tengo todos
los motivos para sentarme en una esquina y llorar sin
parar. Si a pesar de mis privaciones, soy feliz, si mi
felicidad es tan profunda que se convierte en una filosofía
de vida, entonces resulta que soy una persona optimista
por elección. Optimismo es un hecho que reside
en el corazón”.
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Pero
Keller también nos dice que el optimismo
merece un trato maduro: “Mi optimismo no es una
dulce e irrazonable satisfacción. Existe
un optimismo peligroso e indiferente.
Desconfío del optimismo precipitado (…).
Ese es un optimismo falso, el optimismo que no
contabiliza el costo es como una casa construida
sobre arena. Conozco bien la maldad del ser humano.
Mi optimismo no descansa en la ausencia de mal,
sino en la creencia de que el bien prevalece al
final”2 .
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Parecería ser que el optimismo radica en el
corazón, en
la cabeza y en la libertad de elegir. En otras palabras
sería algo emocional y racional a la vez. Nadie
puede ser optimista por obligación…Qué
difícil!!. Quiere decir que mi cabeza podría
decirme: Sé optimista!!! Ahora: que has perdido
un empleo. Ahora: que sufres esa soledad. Ahora: que
el niño se ha enfermado, que en la casa nadie
colabora con los quehaceres domésticos y el
cansancio hace flaquear las fuerzas. Ahora: que no
sabes cómo llegarás a fin de mes, porque
el dinero no alcanza. Siempre tendremos “razones”
para no ser optimistas.
Nelson Mandela estuvo preso 20 años, por pretender,
que un gobierno radicalmente racista, reconociera
la igualdad de derechos de las personas de raza negra
en Sudáfrica. Tenía razones de sobra
para ser pesimista. Leamos juntos este párrafo
de una entrevista: “Fundamentalmente, soy una persona
optimista. No sé si me viene por naturaleza,
nací así, o por crianza, pero el hecho
es que lo soy. Siempre ando mirando el sol pensando
que lo que viene será mejor. Ha habido muchos
momentos muy negros en mi vida en los que mi fe en
la humanidad fue seriamente probada, pero me negué
a entregarme al desaliento. Esta senda te lleva a
la derrota y a la muerte”3 .
Todo esto me hace pensar: ¿por qué es
bueno ser optimista?, ¿qué hay de malo
en mirar la vida con negatividad?.
Si una persona por lo que le ha tocado vivir, tiene
sobradas razones para negar una sonrisa, para esperar
aún cosas peores en la vidao para pensar que
ya nada bueno puede ocurrirle en lo que le queda vivir.
El pesimismo siempre encuentra justificaciones para
anidarse en el corazón y en la mente de una
persona. No sólo eso, le gusta ser compartido.
El pesimismo, es muy generoso con los demás
y de fácil contagio….
Pero volvamos a la pregunta: ¿por qué
es bueno (o mejor), ser optimista?. Pero no me he
dado cuenta, que ¡Hellen Keller la ha contestado!:
“Mi optimismo no descansa en la ausencia de mal, sino
en la creencia de que el bien prevalece al final”.
Es necesaria la fe para ser optimista, fe en que el
bien triunfará. Ser optimista es tener la convicción
que a pesar de las dificultades, llegaremos a la meta
del verdadero amor; del éxito trascendental
de mirar más allá de nosotros mismos.
Parecería ser que el pesimismo tiene que ver
con el triunfo del mal y la desesperanza, el optimismo
con el del bien, con el creer y esperar un mundo mejor.
¿Cuál es nuestra actitud en las circunstancias
que el destino, Dios, los recuerdos imborrables o
nuestra propia conciencia nos ponen hoy delante?,
¿somos pesimistas o somos optimistas? Quizás
podríamos ejercitarnos como estas personas
de las que hemos hablado: Keller, Mandela y tantos
otros de los que hablaremos en otro artículo
quizás. Fueron o son, personas de carne y hueso,
que enfrentaron las adversidades de la vida con valentía
y optimismo. Esto parece importante: el optimismo
va de la mano de la valentía…
Animémonos a ser optimistas, tengamos el coraje
de enfrentar, de mirar, de hablar, de criticar con
esta actitud positiva. En lo cotidiano, en nuestra
vida ordinaria. Seguramente robaremos a quienes nos
rodean más de una sonrisa. Contagiemos este
modo de ver la vida, que tanta falta le hace a nuestra
sociedad, nuestra familia, nuestros compañeros
de trabajo y nuestros amigos. Ojalá estas reflexiones
compartidas, puedan ayudarnos: al lector y a mí,
a pensar y actuar con una actitud optimista y valiente
en la vida que a cada uno nos toca vivir.
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1 “La mujer justa”. Sándor Márai. Ediciones.Salamandra.
2006
2 Keller H. Optimism: an easy. 1903
3 Santiago Alvarez de Mon. “Desde la Adveridad: liderazgo,
cuestión de
carácter”. Prentice Hall. 2003
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Matilde Olivero
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