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setiembre mayo
 
OPTIMISMO
  ¿una actitud que se elige?
 
 
 

El optimismo, ese estado de ánimo tantas veces añorado…, pensamos que es algo propio de la juventud. Decimos: “los jóvenes son optimistas por naturaleza, ya se encargará la vida de demostrar que no todo es color de rosas, de que también hay espinas y que a veces son más espinas que rosas”. En realidad lo que queremos decir es: “cuando maduren, ya no serán optimistas”. Entonces, parece que el pesimismo es propio de las personas “maduras”.

En estos tiempos, de velocidad infernal; de mensajitos de texto sin contenido; de televisión que promueve la amnesia pensativa; de desnutrición espiritual porque ya nadie lee; puede que nos convenga, mirar a nuestro alrededor. Mirar y ver, dos verbos parecidos pero diferentes.

Hoy “vemos” mucho, pero no “miramos” con detenimiento. Da la impresión que vamos en un tren japonés a más de doscientos kilómetros por hora y por la ventanilla que tenemos al lado, vemos pasar la realidad, el mundo. Sólo vemos, no podemos “mirar” porque la velocidad nos marea…

Quizás si tomamos un tren un poco más lento, seríamos capaces de observar el hermoso paisaje; de descubrir unos niños jugando; un enfermo que no puede subir al tren sin nuestra ayuda; conversaríamos con la persona que tenemos en el asiento de al lado, a cerca de qué es lo que le falta a nuestra sociedad para mejorar; qué precisa nuestra comunidad o nuestra familia; cuestionaríamos con inteligencia las decisiones de aquellos gobernantes que dañan, nuestra moral y buenas costumbres, con su afán de poder y no del bien común. Pero para esto, hace falta ir más lento….

Usted pensará como yo: es imposible ir más lento. Si no sigo este ritmo no sobrevivo, no tendría dinero para llevar a casa, no podría cumplir con mis obligaciones familiares, no podría participar de las reuniones de grupo de amigos o colegas que tanto bien me hacen. Nos gusta tanto parecer personas ocupadas….. pensamos que si no demostramos que estamos ocupados no somos nadie. Esta sociedad utilitarista margina nuestro razonamiento aceleradamente.

Pero pensándolo bien sí puedo ir más lento; aprovechando mejor el tiempo, tanto en el ocio como en el trabajo; si dedico al estudio las horas dispuestas; si organizo mejor las tareas de la casa, si en mi trabajo dedico menos tiempo a comentar el partido de fútbol de ayer o las noticias que están en el tapete. Así, podría ir más lento, en mi interior, en mis pensamientos y nos daríamos cuenta quizás, que mi “ombligo” no es lo único que existe en este planeta.

Pido disculpas al lector por lo que diré ahora: muchas veces, nuestro famoso ombligo es lo más importante que tenemos en la vida. Hay abundante variedad de ombligos: enfermos por el éxito, orgullosos, insoportables, pesimistas, celosos, egoístas (estos últimos requieren de mucha atención…)

En fin, el mirar más allá de nuestro ombligo, puede ayudarnos a ser optimistas. Aunque da la sensación que no es una tarea fácil levantar la vista.

Claro que la observación del mundo en eneral y del “nuestro”, cotidiano y más pequeño, también puede llevarnos al pesimismo, sino, escuchen a este personaje: “El amor es un egoísmo sin control. No sé si hay muchos
seres que sean capaces de soportar la tiranía del amor sin sufrir heridas mortales. Mira a tu alrededor, mira por las ventanas de las casas, mira los ojos de la gente, escucha sus lamentos: en todas partes, encontrarás la
misma tensión desesperada. No pueden soportar la exigencia de amor que hay en el aire. Por un tiempo lo aguantan, llegan a acuerdos; pero luego se cansan. Y entonces llegan los ardores de estómago. La úlcera. La
diabetes. Los problemas cardíacos. La Muerte.”1


Gracias a Dios no todos tienen este concepto del amor, ni reaccionan así. Sin duda existen personas que son maduras, miran y son optimistas. ¿Me pregunto en qué va esto de ser optimista?, ¿será que podemos elegir una actitud u otra frente a la misma circunstancia o circunstancias similares?.

Veamos lo que nos dice, Helen Keller, una mujer que nació sordo muda, que aprendió a leer y escribir, que estudió en una de las Universidades más prestigiosas de Estados Unidos y que a principios del 1900, se abrió camino en la vida a pesar de sus barreras y llegó a ser una persona muy reconocida en la sociedad norteamericana: “La mayoría de la gente mide su felicidad en términos de placer físico y posesión material. Si la felicidad se pudiera medir y palpar, yo, que no puedo ver ni oir, tengo todos los motivos para sentarme en una esquina y llorar sin parar. Si a pesar de mis privaciones, soy feliz, si mi felicidad es tan profunda que se convierte en una filosofía de vida, entonces resulta que soy una persona optimista por elección. Optimismo es un hecho que reside en el corazón”.
 

Pero Keller también nos dice que el optimismo merece un trato maduro: “Mi optimismo no es una dulce e irrazonable satisfacción. Existe un optimismo peligroso e indiferente.
Desconfío del optimismo precipitado (…). Ese es un optimismo falso, el optimismo que no contabiliza el costo es como una casa construida sobre arena. Conozco bien la maldad del ser humano. Mi optimismo no descansa en la ausencia de mal, sino en la creencia de que el bien prevalece al final”2 .

 

Parecería ser que el optimismo radica en el corazón, en
la cabeza y en la libertad de elegir. En otras palabras sería algo emocional y racional a la vez. Nadie puede ser optimista por obligación…Qué difícil!!. Quiere decir que mi cabeza podría decirme: Sé optimista!!! Ahora: que has perdido un empleo. Ahora: que sufres esa soledad. Ahora: que el niño se ha enfermado, que en la casa nadie colabora con los quehaceres domésticos y el cansancio hace flaquear las fuerzas. Ahora: que no sabes cómo llegarás a fin de mes, porque el dinero no alcanza. Siempre tendremos “razones” para no ser optimistas.

Nelson Mandela estuvo preso 20 años, por pretender, que un gobierno radicalmente racista, reconociera la igualdad de derechos de las personas de raza negra en Sudáfrica. Tenía razones de sobra para ser pesimista. Leamos juntos este párrafo de una entrevista: “Fundamentalmente, soy una persona optimista. No sé si me viene por naturaleza, nací así, o por crianza, pero el hecho es que lo soy. Siempre ando mirando el sol pensando que lo que viene será mejor. Ha habido muchos momentos muy negros en mi vida en los que mi fe en la humanidad fue seriamente probada, pero me negué a entregarme al desaliento. Esta senda te lleva a la derrota y a la muerte”3 .

Todo esto me hace pensar: ¿por qué es bueno ser optimista?, ¿qué hay de malo en mirar la vida con negatividad?.
Si una persona por lo que le ha tocado vivir, tiene sobradas razones para negar una sonrisa, para esperar aún cosas peores en la vidao para pensar que ya nada bueno puede ocurrirle en lo que le queda vivir. El pesimismo siempre encuentra justificaciones para anidarse en el corazón y en la mente de una persona. No sólo eso, le gusta ser compartido. El pesimismo, es muy generoso con los demás y de fácil contagio….

Pero volvamos a la pregunta: ¿por qué es bueno (o mejor), ser optimista?. Pero no me he dado cuenta, que ¡Hellen Keller la ha contestado!: “Mi optimismo no descansa en la ausencia de mal, sino en la creencia de que el bien prevalece al final”. Es necesaria la fe para ser optimista, fe en que el bien triunfará. Ser optimista es tener la convicción que a pesar de las dificultades, llegaremos a la meta del verdadero amor; del éxito trascendental de mirar más allá de nosotros mismos.

Parecería ser que el pesimismo tiene que ver con el triunfo del mal y la desesperanza, el optimismo con el del bien, con el creer y esperar un mundo mejor.

¿Cuál es nuestra actitud en las circunstancias que el destino, Dios, los recuerdos imborrables o nuestra propia conciencia nos ponen hoy delante?, ¿somos pesimistas o somos optimistas? Quizás podríamos ejercitarnos como estas personas de las que hemos hablado: Keller, Mandela y tantos otros de los que hablaremos en otro artículo quizás. Fueron o son, personas de carne y hueso, que enfrentaron las adversidades de la vida con valentía y optimismo. Esto parece importante: el optimismo va de la mano de la valentía…

Animémonos a ser optimistas, tengamos el coraje de enfrentar, de mirar, de hablar, de criticar con esta actitud positiva. En lo cotidiano, en nuestra vida ordinaria. Seguramente robaremos a quienes nos rodean más de una sonrisa. Contagiemos este modo de ver la vida, que tanta falta le hace a nuestra sociedad, nuestra familia, nuestros compañeros de trabajo y nuestros amigos. Ojalá estas reflexiones compartidas, puedan ayudarnos: al lector y a mí, a pensar y actuar con una actitud optimista y valiente en la vida que a cada uno nos toca vivir.


1 “La mujer justa”. Sándor Márai. Ediciones.Salamandra. 2006
2 Keller H. Optimism: an easy. 1903
3 Santiago Alvarez de Mon. “Desde la Adveridad: liderazgo, cuestión de
carácter”. Prentice Hall. 2003

Matilde Olivero
 
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