Estimadas amigas y amigos Kolping:
Con ninguna fiesta religiosa asociamos
tan altas expectativas, como con
la Fiesta de Navidad. Es la fiesta de la
paz, del amor y de la familia. En la época navideña se
despiertan sueños ancestrales de la
humanidad: el anhelo de unidad y de
paz, de justicia y de equidad, de acogida
y de amor por la patria.
En Navidad
se nos muestra nuestro lugar
de pertenencia, si es que pertenecemos
a algún lugar.
¡Ojalá que durante la Navidad las armas
guardaran silencio!
Durante la Fiesta Navideña no queremos
escuchar noticias sobre catástrofes
naturales y conflictos de poder,
ni tampoco nos interesan los problemas
de nuestro trabajo. Por lo
menos durante algunos días del año,
deseamos que lo oscuro de la vida no
nos moleste.
Sin embargo, me pregunto: ¿Podemos
excluir sin más de nuestros sentimientos
el mundo y su realidad? ¿No es
verdad que, precisamente, este mismo
mundo – nuestro mundo – tan frágil
y herido, tan desesperanzado y angustiado
y siempre arrastrado al
pecado, está en la raíz de la fiesta de
Navidad? ¿Por qué estamos esperando
al Salvador? ¿Por qué acontece la
encarnación de Dios? Porque Él quiso
insertarse en nuestras vidas perdidas
compartiendo nuestros temores
y nuestras desesperanzas. Su amor a
los seres humanos, a nosotros, le impulsó
a hacerse Él mismo persona
humana.
Tuvo conmiseración con nosotros,
compartiendo por ello nuestra miseria.
No creemos en un Dios soberbio, que
mirando desde las alturas, a su mundo
aquí abajo con desprecio y repugnancia, le da la espalda. Confiamos
en un Dios que mostró su amor por
este mundo y sus seres humanos de
una manera insuperable, haciéndose
uno de nosotros. Es un Dios que nos
acoge con afecto.
Él se nos regaló a sí mismo como niño.
En el tiempo de Adviento, la Sagrada
Escritura nos habla con frecuencia a
través del Profeta Isaías. Las palabras
del Antiguo Testamento desembocan
en el mensaje de Nochebuena: Se nos
ha nacido el Salvador. No necesitamos
tenerle miedo ni escondernos
ante Él. Tampoco tenemos que arrancarnos
lejos de Él por nuestras culpas
ni demostrarnos fuertes ante Él. Con
toda nuestra desesperanza y toda
nuestra impotencia, podemos acudir
al Hijo de Dios hecho un niño y acostado
en un pesebre. En este niño, en
toda la persona de Jesucristo, estamos
de tú a tú con Dios.
En Jesús de Nazaret, Dios mismo se
sumerge enteramente en la realidad
del mundo,asumiendo la contingencia
de la vida hasta la muerte. El Viernes
Santo nos revelará a un Dios que – siendo una persona humana más –
cierra filas con toda la humanidad
ayudándonos a convertirnos en seres
verdaderamente humanos.
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