Lo que nos convoca a escribir estas líneas
es poder reflexionar junto a ustedes
sobre ciertos fenómenos sumamente
complejos y muy evidentes que se dan
a nivel social. Me refiero al fenómeno
creciente de la exclusión social. Esta puede
ser entendida como un proceso
acumulativo en la cual, a través de mecanismos
de asunción y asignación se ubica
a las personas o grupos en lugares cargados
de significados que el conjunto social
rechaza y no asume como propios. Esto
lleva a una gradual disminución de los vínculos
de intercambio con el resto de la
sociedad, negando muchas veces el acceso
a espacios socialmente valorados. Si
nosotros pensamos, en nuestro país hay
algunos datos que son realmente alarmantes,
como por ejemplo, que más del
50 % de los niños nace bajo la línea de
pobreza, sin tener la posibilidad de satisfacer
sus necesidades básicas.
En este punto es preciso aclarar algo: no
es lo mismo pobreza que exclusión. Alguien
puede ser excluido, por ejemplo
por el color de su piel, más allá de tener
una buena posición económica. De todas
formas en nuestro país hay una cierta proporcionalidad
entre pobreza y exclusión.
Creo que vivimos en tiempos en los cuales
la violencia se expresa a muchos niveles
y nosotros, como cristianos comprometidos
a nivel comunitario, debemos
reflexionar sobre ello. En muchas
ocasiones somos indiferentes ante la realidad
social que nos rodea, hasta el punto
de naturalizar fenómenos como la exclusión
y la pobreza, sin tomar en cuenta
que también es nuestra responsabilidad
crear la sociedad que queremos. En muchas
ocasiones no somos concientes de
la tajante separación que hacemos con el
resto, visto como “malo” de la población,
y con esto me refiero a los del “cante”, a
los “pichis”, a los “reos”, a “los del asentamiento”,
a los “rastrillos”. Este separarnos,
esta forma de calificar y de expresarnos
excluye y no toma en cuenta
que estos “pichis” son en muchas ocasiones
víctimas de un quehacer social que
también nosotros reproducimos. Pero
cuidado: ninguna clase de violencia se justifica,
provenga del grupo social que sea.
Les propongo pensar algunas cosas para
mirar la realidad desde otra óptica: la
exclusión compromete la globalidad de
la persona y su entorno. Incluye la
marginación del mercado laboral, una
desafiliación socio-cultural y la negación
de una identidad como sujeto con derechos
y deberes. No se trata de que estos
sujetos no tengan cultura ni vínculos, ni
realicen trabajos. Se trata de una pérdida
de sentido de esos elementos como
componentes fundamentales para un
proyecto personal.
¿Cuáles son los rasgos de la personalidad
que generan los procesos de exclusión?
- Las personas pertenecientes a estos
sectores se caracterizan por una baja
autoestima, internalizan una imagen
desvalorada que les devolvemos como
sociedad, es decir, pobres, marginados,
pichis, desconociendo de este modo su
potencial como seres humanos.
de cada uno, el fracaso también es
responsabilidad personal. Esto genera
vergüenza y muchas veces sentimiento
de culpa con respecto a su pobreza, así
como violencia a modo de respuesta a
una sociedad que los arremete.
- Expresan sus sentimientos por medio
de la acción, no pudiendo en muchos casos
controlar sus impulsos. La reflexión,
los aspectos humanos y afectivos no tienen
lugar, todo está marcado por la necesidad
de sobrevivir, todo está pautado por
lo inmediato.
- La ausencia de proyectos – futuro – y
tradición – pasado – lleva a vivir un eterno
presente donde el tiempo no pasa,
está detenido. Esto genera la imposibilidad
de plantearse estrategias a futuro, así
como la desvalorización de un pasado que
siempre fue igual.
- En cuanto a los vínculos, estos son inestables,
existiendo la dificultad de ponerse
en el lugar del otro. Esto puede asociarse
a la experiencia de no ser considerados
por otros. Damos el lugar que otros
nos dan.
- También existe una ajenidad de la sociedad
y la política. Estos aspectos son
percibidos como algo distante de su mundo,
es decir, creen que nada cambiará su
situación. Esta percepción está asociada
a la resistencia al cambio, al refugio de la
rutina cotidiana, aún cuando ésta esté impregnada
de frustración y carencias.
De todo lo anteriormente dicho surge
una pregunta que debemos hacernos
siempre: ¿Qué actitud debemos tomar
ante la realidad que nos rodea? No es fácil
decidir, como ya lo hemos expresado. Es
muy compleja la situación, sin embargo
creo que eso no nos exime de reflexionar
y ser críticos de nuestro propio accionar.
Por último, lo más importante:
cuando nos gane la indiferencia debemos
recordar que siempre, siempre, tendremos
un ejemplo al cual recurrir: JESÚS.