Montevideo, setiembre
de 2005 / Nro. 44
DISCURSO DEL
PAPA BENEDICTO XVI |
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al iniciar el Congreso Eclesial de la Diócesis
de Roma sobre
"FAMILIA Y COMUNID COMUNIDAD AD CRISTIANA
CRISTIANA:
FORMACIÓN DE LA PERSONA Y TRANSMISIÓN DE LA FE"
Martes 7 de junio de 2005
EL FUNDAMENTO ANTROPOLÓGICO DE LA FAMILIA
QUERIDOS HERMANOS Y HERMANAS:
He acogido con mucho gusto la invitación de introducir con
una reflexión este congreso diocesano, ante todo porque me
da la posibilidad de encontrarme con vosotros, de tener un contacto
directo, y después porque me permite ayudaros a profundizar
en el sentido y objetivo del camino pastoral
que está recorriendo la Iglesia de Roma.
Os saludo con afecto a cada uno vosotros, obispos, sacerdotes, religiosos
y religiosas, y en particular a vosotros, laicos y familias, que
asumís conscientemente esas tareas de compromiso y testimonio
cristiano que tienen su raíz en el sacramento del bautismo
y para aquellos que están
casados, en el del matrimonio. Doy las gracias de corazón
al cardenal vicario y a los esposos Luca y Adriana Pasquale por
las palabras que me han dirigido en vuestro nombre.
Este congreso, y el año pastoral al que ofrecerá las
líneas guía, constituyen una nueva etapa en el recorrido
que la Iglesia ha comenzado, basándose en el Sínodo
diocesano, con la misión ciudadana querida por nuestro querido
Papa Juan Pablo II, en preparación del gran Jubileo del año
2000. En aquella misión todas las realidades de nuestra diócesis
--parroquias, comunidades religiosas, asociaciones y movimientos--
se movilizaron no sólo con motivo de una misión al
pueblo de Roma, sino también para ser ellas mismas "pueblo
de Dios en misión", poniendo en práctica la
acertada expresión de Juan Pablo II "parroquia, búscate
y encuéntrate fuera de ti misma": es decir, en los lugares
en los que vive la gente. De este modo, en el transcurso de la misión
ciudadana, muchos miles de cristianos de Roma, en gran parte laicos,
se convirtieron en misioneros y llevaron
la palabra de la fe en primer lugar a las familias de los diferentes
barrios de la ciudad y después en los diferentes lugares
de trabajo, en los hospitales, en la escuelas y en las universidades,
en los espacios de la cultura y del tiempo libre.
Después del Año Santo, mi amado predecesor os pidió
que no interrumpáis este camino y que no disperséis
las energías apostólicas suscitadas y los frutos de
gracia recogidos. Por ello, a partir del año 2001, la orientación
pastoral fundamental de la diócesis ha sido la de conformar
permanentemente la misión, caracterizando en sentido más
decididamente misionero la vida y las actividades de las parroquias
y de cada una de las demás realidades eclesiales. Quiero
deciros ante todo que quiero confirmar plenamente esta opción:
se hace cada vez más necesaria y sin alternativas, en un
contexto social y cultural en el que actúan fuerzas múltiples
que tienden a alejarnos
de la fe y de la vida cristiana.
Desde hace ya dos años, el compromiso misionero de la Iglesia
de Roma se ha concentrado sobre todo en la familia, no sólo
porque esta realidad humana fundamental es sometida hoy a múltiples
dificultades y amenazas, y por tanto tiene particular necesidad
de ser evangelizada y
apoyada concretamente, sino también porque las familias cristianas
constituyen un recurso decisivo para la educación en la fe,
la edificación de la Iglesia como comunión y su capacidad
de presencia misionera en las situaciones más variadas de
la vida, así como para fermentar en sentido cristiano la
cultura y las estructuras sociales. Continuaremos con estas orientaciones
también en el próximo año pastoral y por este
motivo el tema de nuestro congreso es "Familia y comunidad
cristiana:
formación de la persona y transmisión de la fe".
El presupuesto por el que hay que comenzar para comprender la misión
de la familia en la comunidad cristiana y sus tareas de formación
de la persona y de transmisión de la fe, sigue siendo siempre
el significado que el matrimonio y la
familia tienen en el designio de Dios, creador y salvador. Éste
será por tanto el meollo de mi reflexión de esta tarde,
remontándome a la enseñanza de la exhortación
apostólica "Familiaris consortio" (segunda parte,
números 12-16).
EL FUNDAMENTO
ANTROPOLÓGICO DE LA FAMILIA
Matrimonio y familia no son una construcción sociológica
casual, fruto de situaciones particulares históricas y económicas.
Por el contrario, la cuestión de la justa relación
entre el hombre y la mujer hunde sus raíces en la esencia
más profunda del ser humano y sólo puede encontrar
su respuesta a partir de ésta. No puede separarse de la pregunta
siempre antigua y siempre nueva del hombre
sobre sí mismo: ¿quién soy? Y esta pregunta,
a su vez, no puede separarse del interrogante sobre Dios: ¿existe
Dios? Y, ¿quién es Dios? ¿Cómo es verdaderamente
su rostro? La respuesta de la Biblia a estas dos preguntas es unitaria
y consecuencial: el hombre es creado a imagen de Dios, y
Dios mismo es amor. Por este motivo, la vocación al amor
es lo que hace del hombre auténtica imagen de Dios: se hace
semejante a Dios en la medida en que se convierte en alguien que
ama.
De este lazo fundamental entre Dios y el hombre se deriva otro:
el lazo indisoluble entre espíritu y cuerpo: el hombre es,
de hecho, alma que se expresa en el cuerpo y cuerpo que es vivificado
por un espíritu inmortal. También el cuerpo del hombre
y de la mujer tiene, por tanto, por así decir, un
carácter teológico, no es simplemente cuerpo, y lo
que es biológico en el hombre no es sólo biológico,
sino expresión y cumplimiento de nuestra humanidad. Del mismo
modo, la sexualidad humana no está al lado de nuestro ser
persona, sino que le pertenece. Sólo cuando la sexualidad
se integra en la persona logra darse un sentido a sí misma.
De este modo, de los dos lazos, el del hombre con Dios y --en el
hombre-- el del cuerpo con el espíritu, surge un tercer lazo:
el que se da entre persona e institución. La totalidad del
hombre incluye la dimensión del tiempo, y el "sí"
del hombre es un ir más allá del momento presente:
en su
totalidad, el "sí" significa "siempre",
constituye el espacio de la fidelidad. Sólo en su interior
puede crecer esa fe que da un futuro y permite que los hijos, fruto
del amor, crean en el hombre y en su futuro en tiempo difíciles.
La libertad del "sí" se presenta por tanto como
libertad capaz de asumir lo
que es definitivo: la expresión más elevada de la
libertad no es entonces la búsqueda del placer, sin llegar
nunca a una auténtica decisión. Aparentemente esta
apertura permanente parece ser la realización de la libertad,
pero no es verdad: la verdadera expresión de la libertad
es por el contrario la capacidad de decidirse por un don definitivo,
en el que la libertad, entregándose, vuelve a encontrarse
plenamente a sí misma.
En concreto, el "sí" personal y recíproco
del hombre y de la mujer abre el espacio para el futuro, para la
auténtica humanidad de cada uno, y al mismo tiempo está
destinado al don de una nueva vida. Por este motivo, este "sí"
personal tiene que ser necesariamente un "sí" que
es también
públicamente responsable, con el que los cónyuges
asumen la responsabilidad pública de la fidelidad, que garantiza
también el futuro para la comunidad. Ninguno de nosotros
se pertenece exclusivamente a sí mismo: por tanto, cada uno
está llamado a asumir en lo más íntimo de sí
su propia responsabilidad pública. El matrimonio, como institución,
no es por tanto una injerencia indebida de la sociedad o de la autoridad,
una imposición desde el exterior en la realidad más
privada de la vida; es por el contrario una exigencia intrínseca
del pacto de amor conyugal y de la
profundidad de la persona humana.
Las diferentes formas actuales de disolución del matrimonio,
como las uniones libres y el "matrimonio a prueba", hasta
el pseudo-matrimonio entre personas del mismo sexo, son por el contrario
expresiones de una libertad anárquica que se presenta erróneamente
como auténtica liberación del hombre. Una pseudo-libertad
así se basa en una banalización del cuerpo, que inevitablemente
incluye la banalización del hombre. Su presupuesto es que
el hombre puede hacer de sí lo que quiere: su cuerpo se convierte
de este modo en algo secundario, manipulable desde el punto de vista
humano, que se puede utilizar como se quiere. El libertinaje, que
se presenta como
descubrimiento del cuerpo y de su valor, es en realidad un dualismo
que hace despreciable el cuerpo, dejándolo por así
decir fuera del auténtico ser y dignidad de la persona.
MATRIMONIO Y FAMILIA
EN LA HISTORIA DE LA SALVACIÓN
La verdad del matrimonio y de la familia, que hunde sus raíces
en la verdad del hombre, ha encontrado aplicación en la historia
de la salvación, en cuyo centro está la palabra: "Dios
ama a su pueblo". La revelación bíblica, de hecho,
es ante todo expresión de una historia de amor, la historia
de la alianza de Dios con los hombres: por este motivo, la historia
del amor y de la unión de un hombre y de una mujer en la
alianza del matrimonio ha podido ser asumida por Dios como símbolo
de la historia de la salvación. El hecho inefable, el misterio
del amor de Dios por los hombres, toma su forma lingüística
del vocabulario del matrimonio y de la familia, en positivo y en
negativo: el acercamiento de Dios a su pueblo es presentado con
el lenguaje del amor conyugal,
mientras que la infidelidad de Israel, su idolatría, es designada
como adulterio y prostitución.
En el Nuevo Testamento, Dios radicaliza su amor hasta convertirse
Él mismo, por su Hijo, en carne de nuestra carne, auténtico
hombre. De este modo, la unión de Dios con el hombre ha asumido
su forma suprema, irreversible y definitiva. Y de este modo se traza
también para el amor humano su forma definitiva, ese "sí"
recíproco que no se puede revocar: no enajena al hombre,
sino que lo libera
de las alienaciones de la historia para volverle a colocar en la
verdad de la creación. El carácter sacramental que
el matrimonio asume en Cristo significa, por tanto, que el don de
la creación ha sido elevado a gracia de redención.
La gracia de Cristo no se superpone desde fuera a la naturaleza
del hombre, no la violenta, sino que la libera y la restaura, al
elevarla más allá de sus propias fronteras. Y así
como la encarnación del Hijo de Dios revela su verdadero
significado en la cruz, así también el amor humano
auténtico es entrega de sí mismo, no puede existir
si evita la cruz.
Queridos hermanos y hermanas, este lazo profundo entre Dios y el
hombre, entre el amor de Dios y el amor humano, es confirmado también
por algunas tendencias y desarrollos negativos, cuyo peso experimentamos
todos. El envilecimiento del amor humano, la supresión de
la auténtica capacidad de amar se presenta en nuestro tiempo
como el arma más eficaz para que el hombre aplaste a Dios,
para alejar a Dios de la mirada y del corazón del hombre.
Ahora bien, la voluntad de "liberar" la naturaleza de
Dios lleva a perder de vista la realidad misma de la naturaleza,
incluida la naturaleza del hombre, reduciéndola a un conjunto
de funciones, de las que se puede disponer
según sus propios gustos para construir un presunto mundo
mejor y una presunta humanidad más feliz; por el contrario,
se destruye el designio del Creador y al mismo tiempo la verdad
de nuestra naturaleza.
LOS HIJOS
También en la procreación de los hijos el matrimonio
refleja su modelo divino, el amor de Dios por el hombre. En el hombre
y en la mujer, la paternidad y la maternidad, como sucede con el
cuerpo y con el amor, no se circunscriben al aspecto biológico:
la vida sólo se da totalmente cuando con el nacimiento se
ofrecen también el amor y el sentido que hacen posible decir
sí a estavida. Precisamente por esto queda claro hasta qué
punto es contrario al amor humano, a la vocación profunda
del hombre y de la mujer, el cerrar sistemáticamente la propia
unión al don de la vida y,
aún más, suprimir o manipular la vida que nace.
Ahora bien, ningún hombre y ninguna mujer, por sí
solos y sólo con sus propias fuerzas, pueden dar adecuadamente
a los hijos el amor y el sentido de la vida. Para poder decir a
alguien: "tu vida es buena, aunque no conozca tu futuro",
se necesitan una autoridad y una credibilidad superiores,
que el individuo no puede darse por sí solo. El cristiano
sabe que esta autoridad es conferida a esa familia más amplia
que Dios, a través de su Hijo, Jesucristo, y del don del
Espíritu Santo, ha creado en la historia de los hombres,
es decir, a la Iglesia. Reconoce la acción de ese amor eterno
e
indestructible que asegura a la vida de cada uno de nosotros un
sentido permanente, aunque no conozcamos el futuro. Por este motivo,
la edificación de cada una de las familias cristianas se
enmarca en el contexto de la gran familia de la Iglesia, que la
apoya y la acompaña, y garantiza que hay un sentido y que
en su futuro se dará el "sí" del Creador.
Y recíprocamente la Iglesia es edificada por las familias,
"pequeñas Iglesias domésticas", como las
ha llamado el Concilio Vaticano II ("Lumen gentium", 11;
"Apostolicam actuositatem", 11), redescubriendo una antigua
expresión patrística (san Juan Crisóstomo,
"In Genesim serm." VI,2; VII,1). En este sentido, la "Familiaris
consortio" afirma que "el matrimonio cristiano…
constituye el lugar natural dentro del cual se lleva a cabo la inserción
de la persona humana en la gran familia de la Iglesia" (n.
15).
LA FAMILIA Y LA IGLESIA
De todo esto se deriva una consecuencia evidente: la familia y la
Iglesia, en concreto las parroquias y las demás formas de
comunidad eclesial, están llamadas a la más íntima
colaboración en esa tarea fundamental que está constituida,
inseparablemente, por la formación de la persona y la transmisión
de la fe. Sabemos bien que para que tenga lugar una auténtica
obra educativa no basta una teoría justa o una doctrina que
comunicar. Se necesita algo mucho más grande y humano, esa
cercanía, vivida diariamente, que es propia del amor y que
encuentra su espacio más propicio ante todo en la comunidad
familiar, y después en una parroquia o movimiento o asociación
eclesial, en los que se encuentran personas que prestan atención
a los hermanos, en particular, a los niños y jóvenes,
así como a los adultos, los ancianos, los enfermos, las mismas
familias, porque, en Cristo, les aman. El gran patrón de
los educadores, san Juan Bosco, recordaba a sus hijos espirituales
que "la educación es cosa de corazón y que sólo
Dios es su dueño" ("Epistolario", 4,209).
La figura del testigo es central en la obra educativa, y especialmente
en la educación en la fe, que es la cumbre de la formación
de la persona y su horizonte más adecuado: se convierte en
punto de referencia precisamente en la medida en que sabe dar razón
de la esperanza que fundamenta su vida (Cf. 1 Pedro 3,15), en la
medida en que está involucrado personalmente con la verdad
que propone. El testigo, por otra parte, no se señala a sí
mismo, sino que señala hacia
algo, o mejor, hacia Alguien más grande que él, con
el que se ha encontrado y de quien ha experimentado una bondad confiable.
De este modo, todo educador y testigo encuentra su modelo insuperable
en Jesucristo, el gran testigo del Padre, que no decía nada
por sí mismo, sino que
hablaba tal y como el Padre le había enseñado (Cf.
Juan 8, 28).
Este es el motivo por el que en el fundamento de la formación
de la persona cristiana y de la transmisión de la fe está
necesariamente la oración, la amistad personal con Cristo
y la contemplación en él del rostro del Padre. Y lo
mismo se puede decir de todo nuestro compromiso
misionero, en particular, de nuestra pastoral familiar: que la Familia
de Nazaret sea, por tanto, para nuestras familias y comunidades
objeto de constante y confiada oración, así como modelo
de vida.
Queridos hermanos y hermanas, y especialmente vosotros, queridos
sacerdotes: soy consciente de la generosidad y la entrega con la
que servís al Señor y a la Iglesia. Vuestro trabajo
cotidiano por la formación en la fe de las nuevas generaciones,
en íntima unión con los sacramentos de la
iniciación cristiana, así como también por
la preparación al matrimonio y por el acompañamiento
de las familias en su camino, que con frecuencia no es fácil,
en particular en la gran tarea de la educación de los hijos,
es el camino fundamental para regenerar siempre de nuevo a la Iglesia
y
también para vivificar el tejido social de nuestra amada
ciudad de Roma.
LA AMENAZA DEL RELATIVISMO
Seguid, por tanto, sin dejaros desalentar por las dificultades que
encontráis. La relación educativa es, por su misma
naturaleza, algo delicado: implica la libertad del otro que, aunque
sea con dulzura, de todos modos es provocada a tomar una decisión.
Ni los padres, ni los sacerdotes, ni los
catequistas, ni los demás educadores pueden sustituir a la
libertad del niño, del muchacho, o del joven al que se dirigen.
Y la propuesta cristiana interpela especialmente a fondo la libertad,
llamándola a la fe y a la conversión. Un obstáculo
particularmente insidioso en la obra educativa
es hoy la masiva presencia en nuestra sociedad y cultura de ese
relativismo que, al no reconocer nada como definitivo, sólo
tiene como medida última el propio yo con sus gustos y que,
con la apariencia de la libertad, se convierte para cada quien en
una prisión, pues separa de los demás, haciendo que
cada quien se encuentre encerrado dentro de su propio "yo".
En un horizonte relativista así no es posible, por tanto,
una auténtica educación: sin la luz de la verdad antes
o después toda persona queda condenada a dudar de la bondad
de su misma vida y de las relaciones que la
constituyen, de la validez de su compromiso para construir con los
demás algo en común.
Está claro, por tanto, que no sólo tenemos que tratar
de superar el relativismo en nuestro trabajo de formación
de personas, sino que estamos también llamados a enfrentarnos
a su predominio destructivo en la sociedad y en la cultura. Por
ello, es muy importante que, junto a la palabra de la Iglesia, se
dé el testimonio y el compromiso público de las familias
cristianas, en particular para
reafirmar la inviolabilidad de la vida humana desde su concepción
hasta su ocaso natural, el valor único e insustituible de
la familia fundada sobre el matrimonio y la necesidad de medidas
legislativas y administrativas que apoyen a las familias en la tarea
de engendrar y educar a los hijos, tarea esencial para nuestro futuro
común. Por este compromiso vuestro también os doy
las gracias de corazón.
SACERDOCIO Y VIDA CONSAGRADA
El último mensaje que quisiera dejaros afecta a la atención
por las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada: ¡todos
sabemos la necesidad que tiene la Iglesia! Para que nazcan y maduren
estas vocaciones, para que las personas llamadas se mantengan siempre
dignas de su vocación,
es decisiva ante todo la oración, que no debe faltar nunca
en cada una de las familias y en la comunidad cristiana. Pero también
es fundamental el testimonio de vida de los sacerdotes, de los religiosos
y de las religiosas, la alegría que expresan por haber sido
llamados por el Señor. Y es
asimismo esencial el ejemplo que reciben los hijos dentro de su
propia familia y la convicción en las familias de que la
vocación de los hijos es también para ellas un gran
don del Señor. La opción por la virginidad por amor
de Dios y de los hermanos, que es exigida para el sacerdocio y la
vida
consagrada, está acompañada por la valoración
del matrimonio cristiano: la una y la otra, con dos formas diferentes
y complementarias, hacen en cierto sentido visible el misterio de
la alianza entre Dios y su pueblo.
Queridos hermanos y hermanas, os confío estas reflexiones
como contribución a vuestro trabajo en las noches del Congreso
y después durante el próximo año pastoral.
Le pido al Señor que os dé valentía y entusiasmo
para que nuestra Iglesia de Roma, cada parroquia, cada comunidad
religiosa, asociación o movimiento participe intensamente
en la alegría y el esfuerzo de la misión y de este
modo cada familia y toda la comunidad cristiana redescubra en el
amor del Señor la clave que abre la puerta de los corazones
y que hace posible una auténtica educación en la fe
y en la formación de las personas. Mi afecto y mi bendición
os acompañan hoy y en el futuro.
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