Montevideo,
mayo de 2004 / Nro. 40
La Familia.
¿EN CASA PENSAMOS EN LOS DEMÁS?
Que la familia pueda salir de su dinámica
interna para dedicar parte de su tiempo y su energía a problemas
de la comunidad, no es un hecho ni frecuente ni fácil. Pero
en estos tiempos de individualismo egoísta y agresor sería
bueno tentar la solidaridad"
A veces asusta enumerar fríamente el cúmulo de preocupaciones
y trabajos que agobian a una familia y que día a día,
minuto a minuto, padres e hijos deben ir resolviendo o atajando
de la mejor manera posible.
Y si la familia pertenece al grupo de las que son económicamente
carenciadas y viven en una gran ciudad o en la periferia, la situación
se vuelve más grave aún. Al punto que parece casi
risible esperar que esa familia pueda sobreponerse a su situación
y empezar a preocuparse por los demás.
La experiencia de los Trabajadores Sociales, sin embargo, comprueba
exactamente lo contrario: primero, que los más necesitados
son los más dispuestos a una actitud altruista y desinteresada
hacia los otros (como la viuda del Evangelio, que dio todo lo que
tenía) y segundo, que esta actitud de solidaria dedicación
a problemas de la comunidad, tiene un saludable efecto revitalizador
y vinculante en el seno del hogar. Parecería entonces que
ayudar a los demás, es la mejor manera de ayudarse uno mismo…
La Familia abierta al mundo
La familia que habita en nuestra tierra no está pasando un
momento fácil. En realidad es víctima de muchos tipos
de opresión y el materialismo individualista muestra en ella
su peor cara. Para muchos ya carece de sentido hablar de la comunión,
la participación, la solidaridad. Suenan como valores del
pasado.
¿Cómo pedir a una familia que se abra al mundo, a
este mundo tan conflictivo y agresor? ¿Cómo lograr
que intente ser protagonista y no espectador de este capítulo
de la historia que le ha tocado vivir?
¿Cómo ayudarla para que responda con creativa personalidad
a los desafíos y provocaciones de la dinámica social
de hoy?
La clave está en
la participación.
La familia tiene que ser Escuela de solidaridad. Y en concreto urge
recuperar el protagonismo de los padres en el proceso educativo.
Ese primer núcleo familiar, el de los padres con sus hijos
no se puede menospreciar ni sublimar como lo hacemos. Y lo hacemos
cuando delegamos inconscientemente el papel que juega. El núcleo
familiar al que nos referimos vive indudablemente ligado a un proyecto
de vida y de acción que tiene el horizonte de la solidaridad
como propio. Pero ello exige que la familia tiene que ser consciente,
además de para qué, de cómo educa, porque lo
hace necesariamente de una manera distinta a cómo lo hace
el resto de las instituciones. En el núcleo familiar se producen
tres procesos educativos fundamentales cuando éste no dimite
de su función: el de personalización, a través
de afectos singulares, específicos, distintos para cada uno
de sus miembros; el de socialización, a través de
la convivencia intergeneracional y todo lo que esto entraña;
y el de potenciar determinados valores y capacidades, a través
fundamentalmente del ejemplo o el testimonio. La familia dispone
de toda una serie de recursos a través de los cuales, lo
sepa o no, está orientando los mensajes educativos, solidarios
o insolidarios, en su entorno.
No olvidemos tampoco y que es necesario destacar
la importancia cada vez mayor que en nuestra sociedad asume la hospitalidad,
en todas sus formas, desde el abrir la puerta de la propia casa,
y más aún la del propio corazón, a las peticiones
de los hermanos, al compromiso concreto de asegurar a cada familia
su casa, como ambiente natural que la conserva y la hace crecer.
Sobre todo, la familia cristiana está llamada a escuchar
el consejo del Apóstol: "Sed solícitos en la
hospitalidad" (Rm 12,13), y por consiguiente en practicar la
acogida del hermano necesitado, imitando el ejemplo y compartiendo
la caridad de Cristo: "El que diere de beber a uno de estos
pequeños sólo un vaso de agua fresca porque es mi
discípulo, en verdad os digo que no perderá su recompensa"
(Mt 10, 42).
La Familia es llamada por el Señor a vencer su inercia y
a comprometerse en el emprendimiento de causas comunitarias que
ensanchen sus horizontes y le den trascendencia más allá
de los muros domésticos.
"La Familia denuncia y anuncia, se compromete en el cambio
del mundo con sentido cristiano y contribuye al progreso, a la vida
comunitaria, al ejercicio de la justicia distributiva, a la paz…"
nos dicen los obispos latinoamericanos en el Documento de Puebla.
Sin duda la bendición del Señor acompaña a
las familias que están consagradas al servicio de la comunidad.
La bendición y la seguridad de que Él "mantendrá
encendida sus lámparas", como lo promete en el salmo
18.
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