Montevideo, noviembre
de 2003 / Nro. 39
FICHA DE FORMACIÓN
El derecho de los niños a ser amados,
acogidos y educados en familia
Canto inicial
Oración del Padre Nuestro.
Lectura de la Biblia: |
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“Hijos, obedeced
a vuestros padres en el Señor; porque esto es justo.
Honra a tu padre y a tu madre, tal es el primer mandamiento
que lleva consigo una promesa: para que seas feliz y se prolongue
tu vida sobre la tierra. Padres, no exasperéis a vuestros
hijos, sino formadlos más bien mediante la instrucción
y la corrección según
el Señor” (Ef 6, 1-4) |
Reflexión:
Escuela de Humanidad.
La familia es escuela del más rico humanismo.
Para que pueda lograr la plenitud de su vida y misión, se
requiere un clima de benévola comunicación y unión
de propósitos entre los cónyuges y una cuidadosa cooperación
como padres. Contribuye mucho la presencia del padre y es insustituible
el cuidado y la atención en el hogar de la madre specialmente
para los hijos menores.
La tarea educativa de la familia tiene sus raíces
en la participación en la obra creadora de Dios. Puesto que
han dado la vida a los hijos, tienen la gravísima obligación
de educar a la prole, y por lo tanto hay que reconocerlos
como primeros y principales educadores de sus hijos.
Este deber de la educación familiar es de tanta trascendencia
que difícilmente pueda suplirse.
Es, pues, deber de los padres crear un ambiente
de familia animando por el amor, por la piedad hacia Dios y hacia
los hombres, que favorezcan la educación íntegra personal
y social de los hijos. La familia es la primera escuela de las virtudes
sociales y del más rico humanismo, que todas las sociedades
necesitan.
Primeros y principales educadores.
El derecho-deber educativo de los padres se califica
como
esencial, relacionado como está con la transmisión
de la vida humana; como original y primario, respecto al deber educativo
de los demás, por la unicidad de la relación de amor
que subsiste entre padres e hijos; como insustituible
e inalienable y que, por consiguiente, no puede ser totalmente delegado
o usurpado por otros. Pero el elemento más radical, que determina
el deber educativo de los padres, es el amor paterno y materno que
encuentra en la acción educativa su realización, al
hacer pleno y perfecto el servicio a la vida. El amor de los padres
se transforma de fuente en alma y por consiguiente, en norma, que
inspira y guía toda la acción educativa concreta,
enriqueciéndola con los valores
de dulzura, constancia, bondad, servicio, desinterés, espíritu
de sacrificio, que son el fruto del más precioso del amor.
Para los padres cristianos la misión educativa
tiene una fuente nueva y específica en el sacramento del
matrimonio que los consagra a la educación propiamente cristiana
de los hijos, es decir los llama a participar de la misma autoridad
y amor de Dios Padre y de Cristo Pastor, así como también
del amor materno de la Iglesia para ayudar en el crecimiento
humano y cristiano de los hijos.
Los padres son, pues, los primeros y principales
educadores
de sus propios hijos, y en este campo tienen incluso una competencia
fundamental: son educadores por ser padres. Comparten su misión
educativa con otras personas e instituciones, como la iglesia y
el Estado. Sin embargo,
esto debe hacerse siempre aplicando correctamente el principio de
subsidiariedad. Esto implica la legitimidad e incluso el deber de
una ayuda a los padres. En efecto,
los padres no son capaces de satisfacer por sí solos las
exigencias de todo el proceso educativo, especialmente lo que atañe
a la instrucción y al amplio sector de la socialización.
Cualquier otro colaborador en el proceso educativo debe actuar en
nombre de los padres, con su consentimiento y en cierto modo, incluso
por encargo suyo.
Valores esenciales
Los padres deben formar a los hijos con confianza
y valentía
en los valores esenciales de la vida humana. Deben ayudarlos a crecer
en una justa libertad ante los bienes materiales, adoptando un estilo
de vida sencillo y austero, convencidos de que el hombre vales más
por lo que es que por lo que tiene. Frente a los diversos individualismos
y egoísmos,
deben enriquecerse con el sentido de la verdadera justicia,
el respeto de la dignidad personal de cada uno y más aún
el sentido del verdadero amor, la solicitud sincera y servicio desinteresado
hacia los demás, especialmente a los más pobres y
necesitados.
Diálogo:
• ¿Por qué son los padres los primeros
responsables de la educación de los hijos? ¿Qué
sentido tiene la
responsabilidad de la escuela, de la Iglesia y del Estado?
• ¿Cuáles son los valores centrales
en el deber de educadores? ¿Hay diferencia entre
enseñar y educar?
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Nota: Esta ficha fue tomada de : Pontificio Consejo
para la Familia, Temas de reflexión y de diálogo en
preparación al III Encuentro Mundial del Santo Padre con
las
Familias,n.10
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